Juan Pablo II cambió la historia y a la humanidad hasta allá donde lo permite lo único sagrado que existe en la naturaleza humana: la libertad que Dios le ha dado. Entre otras cosas, por haber tumbado al comunismo, el liberticidio homicida que superó a cualquier otro totalitarismo de la edad moderna.
Lo hizo con las armas de la oración y la palabra, sin disparar un solo tiro. En 1978, aparecía en el balcón de la Basílica de San Pedro con un mensaje: No tengáis miedo. Pidió que se confiara en la Divina Misericordia (fue el Papa que rehabilitó y canonizó a Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia) y se enfrentó a las divisiones acorazadas soviéticas a pecho descubierto, con su palabra y su coraje.
Ayudó y se hizo ayudar en la tarea por un electricista polaco, Lech Walesa quien, asimismo armado con su fe, hizo tambalear el régimen polaco y desde allí, tumbó el Muro de Berlín y el imperio rojo. Precisamente, el lunes 9, en Madrid Festividad de la Almudena, se celebra el vigésimo aniversario de la caída del Muro derruido por el tándem Wojtyla-Walesa. La efemérides comenzó con un agasajo a Mikhail Gorbachov, el entonces presidente norteamericano George H W Bush y el excanciller alemán Helmut Kohl. No estaba Walesa ni se dedicó una palabra a Juan Pablo II. Gorbachov muy útil para tumbar el comunismo pero que fue objeto, no sujeto del proceso; Bush, que nunca comprendió lo que ocurría aunque se felicita por ello y Helmut Kohl, un hombre mediocre al que el regalo inesperado de la Iglesia y de los polacos convirtió en una estadista para la historia, la historia de la reunificación alemana, uno de los muchos presentes que trajo la caída del Muro de Berlín. Sólo el ruso tuvo palabras de recuerdo para esos héroes no identificados, pero sin mayores precisiones.
Y lo peor no es la ingratitud, sino el hecho de que Europa no hace caso del Consejo del Papa polaco: “Europa, sé tú misma”, es decir, vuelve al Cristianismo porque -fue el cristianismo y su ‘ideología política’ de la sacralidad de la persona y del ciudadano, así como su doctrina social, empeñada en convertir a los proletario en propietarios, quien forjó la Unión Europea tras el desastre de la II Guerra Mundial. No es casualidad que los líderes que la dibujaron se distinguieran todos por una profunda fe en Cristo y una aún más profunda vida cristiana. Hablo de Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcides de Gasperi, etc.
Lo hizo con las armas de la oración y la palabra, sin disparar un solo tiro. En 1978, aparecía en el balcón de la Basílica de San Pedro con un mensaje: No tengáis miedo. Pidió que se confiara en la Divina Misericordia (fue el Papa que rehabilitó y canonizó a Faustina Kowalska, apóstol de la Divina Misericordia) y se enfrentó a las divisiones acorazadas soviéticas a pecho descubierto, con su palabra y su coraje.
Ayudó y se hizo ayudar en la tarea por un electricista polaco, Lech Walesa quien, asimismo armado con su fe, hizo tambalear el régimen polaco y desde allí, tumbó el Muro de Berlín y el imperio rojo. Precisamente, el lunes 9, en Madrid Festividad de la Almudena, se celebra el vigésimo aniversario de la caída del Muro derruido por el tándem Wojtyla-Walesa. La efemérides comenzó con un agasajo a Mikhail Gorbachov, el entonces presidente norteamericano George H W Bush y el excanciller alemán Helmut Kohl. No estaba Walesa ni se dedicó una palabra a Juan Pablo II. Gorbachov muy útil para tumbar el comunismo pero que fue objeto, no sujeto del proceso; Bush, que nunca comprendió lo que ocurría aunque se felicita por ello y Helmut Kohl, un hombre mediocre al que el regalo inesperado de la Iglesia y de los polacos convirtió en una estadista para la historia, la historia de la reunificación alemana, uno de los muchos presentes que trajo la caída del Muro de Berlín. Sólo el ruso tuvo palabras de recuerdo para esos héroes no identificados, pero sin mayores precisiones.
Y lo peor no es la ingratitud, sino el hecho de que Europa no hace caso del Consejo del Papa polaco: “Europa, sé tú misma”, es decir, vuelve al Cristianismo porque -fue el cristianismo y su ‘ideología política’ de la sacralidad de la persona y del ciudadano, así como su doctrina social, empeñada en convertir a los proletario en propietarios, quien forjó la Unión Europea tras el desastre de la II Guerra Mundial. No es casualidad que los líderes que la dibujaron se distinguieran todos por una profunda fe en Cristo y una aún más profunda vida cristiana. Hablo de Robert Schuman, Konrad Adenauer, Alcides de Gasperi, etc.
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