Aleluia

La noche santa de Pascua, en la hermosura de la liturgia del fuego y del agua, en la vigilia de la espera gozosa de la resurrección del Señor, brota espontáneo de nuestro corazón, alegre y festivo, el canto del Aleluia. “Sí, resucitó de veras mi amor y mi esperanza… Sabemos por tu gracia que estás resucitado”, que “la muerte en ti no manda”.

Este es el motivo para la esperanza, la razón profunda para vivir y estar siempre alegres, con la certeza de que ni el dolor, ni el sufrimiento, ni el abandono, ni la muerte tienen la última palabra. Con el convencimiento de que el Hijo de Dios, su Palabra hecha carne, nos ha abierto definitivamente las puertas de ese cielo donde nos espera el abrazo misericordioso del Padre. La última palabra es el dinamismo de un Dios que conjuga eternamente el verbo “amar”.

Aleluia, sí, aleluia.

No hay hecho histórico más trascendental que el sepulcro vacío de Jesús, que tanto ha inspirado a artistas y poetas. En la piedra desplazada se constata que nuestro espacio y nuestro tiempo se ha colmado del esplendor de la fuerza del Señor de la vida. Y ya todo es distinto para siempre. Es la realidad palpable de que Cristo nos guía como “Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja”.

¡Oh, tiempo de Pascua: tiempo de gracia y plenitud en el que todo es nuevo en la caricia del soplo del Espíritu! ¡Felices Pascuas de Resurrección del Señor.

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela