Conferencia “Santa Teresa de Jesús: ecos de un centenario”, de Segundo Pérez López

El pasado día 14 de octubre, el deán de la Catedral de Santiago, Segundo Pérez López, pronunciór en el Instituto Teológico Compostelano (ITC) la conferencia “Santa Teresa de Jesús: ecos de un centenario”, en el marco de las actividades desarrolladas para la clausura del V Centenario del nacimiento de la santa abulense. En su conferencia, el deán de la catedral destacó cómo Santa Teresa había sido una “maestra de humanidad” desde el “amor a Cristo” y resaltó la hondura de sus experiencias místicas, sin olvidar por ello la realidad de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo. Pérez López explicó que la santa abulense nos ha legado un humanismo espiritual que todavía hoy hace ver que es posible “otra Europa”, anclada en el amor y en los valores éticos y espirituales. Todas aquellas personas que no pudieron asistir a esa cita, tienen ahora la posibilidad de leer la conferencia elaborada por Segundo Pérez López, a continuación.

 

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[mks_accordion_item title=”TERESA DE JESUS: ECOS DE UN CENTENARIO”]
Teresa de Cepeda, la santa andariega de tosco sayal, dejó huella imborrable en todos los órdenes de la vida. Prueba de ello es que su figura ha sido venerada y estudia¬da desde las perspectivas más diversas a lo largo de los cinco siglos transcurridos desde su nacimiento hasta nuestros días. Ávila y Alba de Tormes son los hitos que marcan la trayectoria vital y espiritual de Teresa de Cepeda y Ahumada. En la fría y amurallada ciudad castellana atisbó la luz por vez primera, y en la Villa Ducal ribereña del Tormes dio su último suspiro arropada por la comunidad carmelitana que ella misma había fundado.

Terminamos, pues, un año pleno de celebraciones y homenajes. Instancias esta¬tales, autonómicas, provinciales y locales se han prestado a celebrar un acontecimiento de inusitada relevancia. Las más altas jerarquías eclesiásticas, encabezadas por su máximo representante, el papa Francisco, se han implicado en el centenario tere-siano. La orden carmelitana, por su parte, acoge con satisfacción y legítimo orgullo el patrocinio de un evento de singular importancia para una comunidad que ha dado sobradas muestras de recia espiritualidad, fortaleza, sabiduría y entrega por todo el orbe cristiano.

A esta convocatoria en una efeméride tan singular no podía faltar la Comunidad de Madres Carmelitas de Santiago, que se han unido a esta efemérides  con verdadero ardor y entusiasmo. Entre tal multitud de congresos, conferencias, exposiciones y encuentros de todo tipo, desde nuestras posibilidades hemos querido contribuir al esplendor de un año tan insigne y seña¬lado con las celebraciones de la clausura de este Centenario.
Situando su persona y legado

Estamos conmemorando la vida y obra de la santa de Ávila, Doctora de la Iglesia, su testimonio de fe, santidad y amor. Su persona y legado se comprende bien al situarlo en su contexto social, eclesial e histórico, que no es otro que el conocido como Siglo de Oro Español. Una época de  profunda renovación espiritual y eclesial, social y cultural. Con maestros espirituales y santos como San Juan de la Cruz – su compañero y hermano en la reforma del Carmelo- , San Ignacio de Loyola, San Juan de Ávila, la escuela de Salamanca con Vitoria y Soto, Bartolomé de Las Casas, etc.
Todos estos santos y maestros de la fe nos han legado un humanismo espiritual que inspiró y suscitó lo más valioso de  Europa y la Edad Moderna. Tales como la centralidad, dignidad y sociabilidad de la persona, cimentada en su naturaleza trascendente o espiritual, moral y social. Una ética y espiritualidad entrañada en el amor de Dios que es inseparable del amor a los seres humanos, de la misericordia y amor compasivo ante el sufrimiento de las personas, de los pobres y excluidos. Así se manifiesta en el humanismo místico teresiano, que desde la experiencia profunda de unión con el Dios encarnado en la humanidad de Jesús, expresa toda esta espiritualidad y fe integral. Con una síntesis e interrelación constitutiva entre lo divino y lo humano, lo trascendente y lo histórico, experiencia de unión con Dios y misión evangelizadora, oración y amor solidario al pobre, profecía y comunión eclesial, fe y razón, mística espiritual y teología.

Los santos, grandes innovadores

Al lado de esta generación de testigos y maestros de la fe, Santa Teresa promovió toda una civilización renovadora en el mundo eclesial, cultural, social e histórico. Con una espiritualidad mística de la encarnación, del Evangelio en la realidad y humanidad, desde la pobreza evangélica y amor liberador con el pobre; frente al pecado y al mal, a los ídolos del poder y de la riqueza. Todo un legado e inspiración profética para nuestra Europa, que dice tener sus raíces en este humanismo ético y espiritual de la fe. Pero que se encuentra dominada por los poderes culturales e ideológicos, políticos y económicos, sobre todo por el neo-liberalismo economicista con su individualismo posesivo, por el capitalismo con el mercado, la competitividad y el beneficio-especulación financiera convertidos en falsos dioses.

Estos poderes, como el liberalismo individualista-relativista y su sistema del capitalismo, son radicalmente contrarios a este humanismo espiritual, ya que rinden culto a la vida burguesa, al materialismo consumista y hedonista, al lujo y al derroche, a la ganancia. Todo ello genera las lacras de nuestro mundo, la desigualdad e injusticia social-global del hambre y de la miseria, de las guerras y de la violencia, de los fundamentalismos e integrismo, la falta de sentido y el caos, el individualismo y relativismo nihilista.

De esta forma, con esta corriente y testimonio de fe, de santidad y humanismo espiritual, Teresa de Jesús nos presenta toda una alternativa e inspiración profética para otra Europa y mundo posible, más justo, con más equidad y solidaridad fraterna, tal como sueña Dios. Un modelo de persona y de civilización cimentada en el amor, en los valores espirituales y éticos que sirve a los demás, que se compromete con los otros, que es protagonista de la realidad y mundo para su transformación renovadora. Y que lucha contra los ídolos de la riqueza y del capital, del poder y de la violencia que oprimen y esclavizan al ser humano, que no permiten la espiritualidad y la mística, la comunión con los otros y con el Otro, con el Dios Revelado en Jesucristo que nos da la vida realizada, plena y eterna.

Edith Stein, su ilustre seguidora

La Santa Madre Teresa de Jesús, nació en Ávila, el 28 de marzo de 1515 y falleció el 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes. Proclamada Doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970 por el papa Pablo VI. Este año se cumplen 500 años de su nacimiento, y la Iglesia lo celebra con profundo agradecimiento.

Edith Stein, más tarde, Santa Benedicta de la Cruz, escribió: “Quien busca la verdad, sea o no consciente de ello, busca a Dios”. No es una simple frase, sino la inspiración que guió los pasos de esta mujer judía de nacimiento, extraordinaria filósofa y mártir carmelita asesinada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

Atea desde su juventud, feminista radical, brillante discípula de Husserl y Max Scheler, Edith Stein decidió ingresar en la orden carmelita en 1921, tras leer en una noche el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús: “Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad”. Ella, con una rigurosa formación filosófica, científica y literaria, buscó incansablemente la verdad, pero no experimentó la convicción de haberla hallado hasta que el Libro de la Vida le enseñó el camino del amor. Dios se nos revela, y lo hace mediante su Hijo Jesucristo, mediante su Cruz y Resurrección, verdadero principio de sabiduría y única fuente de dicha inagotable.

Tanto para Santa Teresa como para todos los cristianos nuestro punto de referencia obligado no es otro sino Nuestro Señor Jesucristo, no la imagen de Nuestro Señor Jesucristo, no la manipulación, más o menos inconscientemente realizada, sino la persona y la obra de Jesús de Nazaret que es, también, el Señor Resucitado.

Nuestro Señor Jesucristo es un Renovador, es Alguien que viene, Voz del Padre, a decirnos que la fe y la religiosidad no son algo estático, sino dinámico, algo que está continuamente en camino. Alguien que viene no a decirnos que hay que crearse seguridades sino que vivir quiere decir estar atento al Otro y al otro, sobre todo al otro que te necesita. Si la metáfora vale nuestra fe y nuestra Iglesia no son un lago, sino un río.

Jesús, viene a darnos, porque lo conoce de primera mano, la última y verdadera imagen de lo que es Dios. Dios, desde Jesús, ya no es Algo lejano y oscuro cuyo nombre no se puede pronunciar, Dios es Alguien  cercano, asequible, a quien se puede llamar Padre. Dios es el Compasivo, el Misericordioso, Dios es Alguien Humano y Entrañable. El cambio, en algo tan esencial, es absolutamente radical, y cuanto más profundicemos en la imagen del Dios de Jesús más lejano lo veremos de la imagen que los doctores de la ley y los “sabios” de Israel han querido transmitir. Estamos hablando de imágenes, no de la esencia, estamos hablando del mismo Dios pero, evidentemente la imagen que nos transmite Jesús se corresponde más con la Esencia de Dios que cualquier otra que se nos haya querido dar, pero, en definitiva, lo que quiero decir es que Jesús “rompe” para siempre el silencio sobre Dios.
Y rompe con el sábado, no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre porque el hombre, imagen de Dios, que es Señor, es señor de todas las cosas. Para Jesús todo esto, esta actitud ante la verdad revelada, es esencial. Es un reconocimiento y una apertura total al Espíritu, es un grandioso acto de fe. Jesús es el Hombre que va diciendo: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero Yo os digo”.

El príncipe de Salina, protagonista de la novela de Giussepe Tomassi de Lampedusa, “El Gatopardo”, último exponente de una familia y un modo de vivir condenado a desaparecer, aconseja que “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”,  pues bien, desde la lectura positiva de la frase algo así viene a hacer Jesús: estamos en continuidad con la fe que hemos recibido de nuestros mayores pero, para que la esencia de esta fe permanezca es necesario que lo accesorio, lo secundario, se vaya adaptando en cada momento a cada época y a cada circunstancia concreta. Eso se llama encarnación y no desvirtúa para nada el depósito de la fe revelada. La fe de Jesús es la fe de Abrahám, de Isaac y de Jacob, es la fe de Isaías y de Moisés, pero puesta al día. Así, como nos enseña Jesús, no de una forma inmovilista, que lleva a todos los fundamentalismos, sino de una forma racional, abierta y actualizada a cada tiempo y circunstancia es como se debe transmitir y vivir la fe, única y verdadera en su esencia, y adaptándose en sus formas. El cuerpo permanece pero el ropaje que lo envuelve varía.

Y así lo han entendido los grandes santos de la Iglesia, así lo entendió Francisco de Asís, Santo Domingo, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio…. Todos ellos no fueron otra cosa o, mejor dicho, fueron, además de otras muchas cosas, a imitación de Jesús, grandes innovadores, grandes adaptadores, sin que esta afirmación contradiga el hecho del peculiar carisma de cada uno de ellos. Todos ellos introdujeron grandes cambios en la vida religiosa que crearon o renovaron, y en la vida de la Iglesia, precisamente para que ni la vida religiosa, ni la Iglesia dejaran de existir. Supieron adaptarse a los cambios de este mundo sin perder por ello su propia esencia, cambiar para persistir, parecería ser el lema.

Reformadora sin igual

Santa Teresa de Jesús fue reformadora del Carmelo, fundando, junto a San Juan de la Cruz, las Carmelitas y los Carmelitas Descalzos. Nos cuenta la historia que un día la santa al ver que las comunidades, muy numerosas por aquel entonces, ayudaban a la relajación, como el caso del convento de las carmelitas de Ávila que contaba con 140 religiosas; y luego de considerar la idea de una sobrina  -quien le dijo que lo mejor sería fundar una comunidad con pocas hermanas en cada casa-, decidió reformar la orden regresando al auténtico espíritu carmelitano de austeridad, pobreza y clausura. Tras grandes luchas, sufrimientos y esperas -ocasionados por el descontento general que generó la idea de la santa-, la religiosa carmelita recibió en sus manos la bula de Pío IV en la que se aprobaba la construcción del Convento de San José, en Ávila. Éste logró abrirse el 24 de agosto de 1562 con cuatro novicias, quienes tomaron el hábito en la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas.

Su doble condición de mujer y  monja

La obra reformadora de Santa Teresa de Ávila hay que situarla en el espiritu propio de la Devotio moderna, cosa especialmente difícil por ser: a) Mujer, b) “tener raza” y c) en un contexto general de reforma de la Iglesia: Cisneros, Lutero, Trento. Su reforma tiene como cuatro pilares que la sostienen y llegan a nosotros:

Las irrefrenables ansias de saber chocaban en Teresa con la cruda realidad de un contexto social en el que el conocimiento de muchos fenómenos, por elementales que fueran, le estaban vedados en su doble condición de mujer y de monja. Pero ello no obsta para que la santa abulense proclamara sin ambages su curiosidad por todo lo maravilloso y no se recatara en mostrar su admiración y asombro a medida que iba descubriendo nuevas cosas. Teresa manifiesta capaci¬dad ilimitada  para imaginar, para admirarse, maravillarse, espantarse, extrañarse tanto ante fenómenos de la naturaleza como ante los misterios sobrenaturales y mostrar su asombro en esa doble vertiente. Expresiones como “es cosa de ver” se repiten con frecuencia e ilustran ese espíritu abierto a la admiración de cuantas cosas puso Dios sobre la faz de la tierra, desde las más pequeñas criaturas hasta las grandes obras de la naturaleza, prueba de la magnificencia divina. Esa capacidad de asombro y búsqueda, que suele quedar fijada en la adopción de un claro estilo admirativo en su discurso, la ejercita igualmente cuando se trata de la palabra de Dios, de los misterios divinos, de los libros sagrados, del carácter insondable del alma humana y, sobre todo, de la figura de Cristo, su gran interlocutor.

1. En el deseo ardiente de reforma en la Iglesia de Dios. Nacido ese deseo de su amor a la Iglesia, del sufrir por la Iglesia y de la defensa sin cuartel de la Iglesia. Novedad indudable de su Nuevo Carmelo.  Ella es una mística en la Iglesia, que no un profeta de anuncio de calamidades y fracasos.
2. En la oración contemplativa: activa, pasiva y mística. Teresa de Ahumada aprende a orar orando, pasando por muchas pruebas y frecuentes dificultades para la oración, pidiendo consejo y leyendo los mejores autores de la espiritualidad clásica y del tiempo y, sobre todo, enseñada y empujada por la gracia y la luz del Señor, la fuerza y el gemido del Espíritu.
3. En la fundación del Nuevo Carmelo Teresiano. Herencia preciosa que deja Santa Teresa de Jesús a sus “hijas” e “hijos” como forma de vida. Diecisiete fundaciones de monasterios de Carmelitas Descalzas son una prenda fiel y generosa de la gracia de Dios concedida a la Santa Abulense y testimonio evidente de su herencia. La primera fundación de Teresa fue la del convento de San José en su propia ciudad, fundación a la que le seguirían otros 16 conventos en los más en diversos lugares de la península. A partir de la fundación -que marcará la trayectoria futura de quien sería ya por siempre Teresa de Jesús- este convento, el primero acogido a la advocación de San José, se convertirá en modelo y guía para los demás centros de espiritualidad teresiana. Superadas las adversidades tanto económicas como legales, la santa estaba ya en condiciones de proseguir su obra, tal y como  las Constituciones ponen de manifiesto.
4. En su sentido misionero. Desde la Iglesia, y la oración con la Iglesia, en la Iglesia y por la Iglesia, instituida para la misión evangelizadora y medio para la salvación del hombre. Santa Teresa de Jesús estaba dispuesta a dar su vida por la salvación de una sola alma, como estaba dispuesta a morir mil muertes por una sola expresión de la fe de la Iglesia.

Teresa escritora

Muchos, excepcionales y sublimes, por humanos y divinos, como fue en realidad toda la existencia de Santa Teresa de Jesús. El Siglo de Oro en la mística española llega ciertamente a la cumbre con los escritos de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz.

Las obras de Santa Teresa pueden tener distintos niveles de lectura. Podemos quedarnos con el componente autobiográfico, literario, con el mensaje religioso, con el valor testimonial de sus escritos, etc. Ella misma no se hubiera aplicado nunca para sí el concepto de mujer de letras, de escritora al uso. Sin embargo, los textos teresianos suponen una valiosa contribución a la literatura mística, tanto por el despliegue de recursos estilísticos como por la carga espiritual del contenido. Desde el punto de vista de la comunicación, supo trasladar con gran maestría el mensaje de sus experiencias personales. El dominio demostrado de las imáge¬nes, figuras y símbolos la coloca a una altura similar a la de san Juan de la Cruz. La idea de que el concepto de misericordia de Dios viene a ser como la piedra angular, el leitmotiv de los textos de la santa en su afán por establecer una comunicación divina que pudiera ser comprendida por sus contemporáneos y por las generaciones venideras. Símiles, oposiciones, contrastes y otros recursos estilísticos ponen de relieve la originalidad del estilo teresiano y están al servicio de un evidente propósito didáctico. Porque Teresa persigue, sobre todo, trasladar su experiencia interior, aunque para ello tenga que distorsionar algunas de las asumidas reglas de la retórica mediante su peculiar lenguaje simbólico. La cosmovisión teresiana se orienta hacia su propio interior y se construye a base de campos léxicos plenos de imágenes, símbolos y elipsis. Un buen ejemplo es la oposición entre lo interior y lo exterior en el mismo concepto de moradas, donde se pueden constatar numerosas imágenes propias del registro bélico para ilustrar la pugna en que se debate el alma. El uso de diminutivos con gran valor afectivo, el empleo de símbolos como el del gusano, el matrimonio, los desposorios, el agua, o el camino; la acumulación de imágenes bíblicas; la concate¬nación de determinados adjetivos, el uso de términos pronominales, adverbios, etc., vienen a demostrar la existencia de un estilo original inequívocamente teresiano.

En Santa Teresa de Jesús se suelen distinguir los llamados Escritos Mayores que son: VIDA, CAMINO DE PERFECCIÓN, EL CASTILLO INTERIOR o LAS MORADAS, LAS FUNDACIONES. Se pueden tener como de importancia muy similar: EL EPISTOLARIO y LAS RELACIONES o CUENTAS DE CONCIENCIA. Los demás Escritos de la Mística Doctora se suelen llamar Menores: Conceptos del Amor de Dios o Meditaciones sobre  El Cantar de los Cantares, Exclamaciones del alma a Dios, Las Constituciones, Modo de visitar los conventos, Las Poesías, Vejamen sobre las palabras “Búscate en Mí”; Respuesta a un Desafío, es decir a esas palabras dichas por el Señor a Santa Teresa de Jesús, Pensamientos y Apuntes memoriales.

Pero no solo destaca por su obra reformadora que, como ya veíamos, busca una forma racional y espiritual, abierta y actualizada a cada tiempo y circunstancia de como transmitir y vivir la fe, sino que también destaca por su capacidad orante y mística, así nos lo recuerda el Papa Francisco en su carta con motivo del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa: “La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separó del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5, 8). Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6).”

Alumbrados y forma de oración

Santa  Teresa de Jesús no era una alumbrada. Su experiencia mística debe entenderse como un encuentro con Dios basado en la amistad, el diálogo, la palabra y la concentración. Una oración cristiana como la vivió la Mística Doctora que en el inicio, en todo el camino, en su total recorrido y al final, ha de ser de corazón, de voluntad, afectiva, sin olvidar la parte intelectual correspondiente, pues el conocimiento de Cristo y personal capacitan para el amor mutuo, siempre iniciativa del Señor. La misma Santa Teresa de Jesús lo sintetizó nítidamente: “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho” (IV Moradas, 1,7). Una oración teresiana que lo envuelve todo: el ser y el hacer; orar la vida en definitiva, que eso fue lo que realizó Santa Teresa de Jesús: hacer de la vida oración y hacer que la oración sea vida.

Desde ella podemos comprender que la mística y la ciencia no son términos contrapuestos, el exceso de cientifismo puede llegar a resultar contra¬producente. Se sabe que determinadas actividades puramente mentales, como la meditación, por ejemplo, tienen efectos beneficiosos en el campo biológico del ser humano. Las experiencias místicas poco tienen que ver con actitudes enfermizas ante la vida. Muy al contrario, a través de ellas se llega a captar la dignidad huma¬na. Los pliegues más recónditos de la mente, la vida más íntima del alma, por así decirlo, son un misterio para los psicólogos, por más que los complejos mecanis¬mos de la física sigan siendo observables a la luz de la ciencia. La dignidad del ser humano es objeto de reflexión en algunos de los escritos de Teresa, aunque ella lo expresara con palabras y razones más emocionales que técnicas. Pero el espíritu humanista y la búsqueda de unos valores inmutables se encuentran a flor de piel en sus obras. El conocimiento de sí misma y la propia aceptación redundan en un mejor entendimiento de la realidad humana en su plena dignidad, esa misma dignidad de la que los hombres no siempre son conscientes, esa dignidad en la que precisamente radica la grandeza del ser humano sobre la tierra.

Teresa, mística doctora,  maestra de humanidad

La historia de la oración teresiana es una historia de amistad con Cristo. La Doctora mística no cuenta teorías, “De lo que no hay experiencia, mal se puede dar razón cierta”, afirma la Santa en las Moradas (VI Moradas 9,4). Desde su propia existencia Teresa contempla la humanidad de Cristo y en ella encuentra el “dechado”, el modelo de la experiencia en esta vida. De hecho ella invita constantemente a contemplarle, a mirarle (Camino de Perfección, 26,3) porque Cristo en su Humanidad es modelo de nuestra existencia. Existe una necesidad de descubrir la plena humanidad del Señor, como respuesta salvadora, alentadora y libertadora a nuestra propia realidad. Y aquí la Santa Doctora, se nos revela como maestra de humanidad y sentido.

El capítulo 22 de su libro de la VIDA encierra una síntesis doctrinal acerca de la importancia de Cristo en la vida de oración y en la vida espiritual. Es muy buen Amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía y, habiendo costumbre es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán en que lo uno ni lo otro se pueda (Vida 22,10).

Cristo Crucificado es como el final de dolor y contradicción en la que nos podemos reflejar también. Y por ello contemplarlo en el límite de su experiencia humana en el abandono de la Cruz:

Desierto quedó este Señor de toda consolación; solo le dejaron en los trabajos; no le dejemos nosotros, que, para más sufrir….

Si estáis con sufrimientos o triste, miradle camino del huerto; (Comenzó, Cristo a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: Mi alma está triste hasta el punto de morir Mateo 26, 37-38) ¡qué aflicción tan grande llevaba en su alma!; pues siendo la misma paciencia, la manifiesta y se queja de ella.

Mírenle cargado con la cruz, que ni siquiera respirar le dejaban. Y les mirará El con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores para consolar los nuestros, solamente porque vamos a consolaros con Él y porque volvemos la cabeza para mirarle (Camino de Perfección 26, 5).

Se da en Santa Teresa una meditación detallista de todos los episodios y palabras de Jesús en la Pasión invitándonos así a contemplar a “Cristo Crucificado” en la que descubriremos todos los dolores físicos, morales y espirituales del Señor, incluido su abandono en la Cruz.

Pero esta contemplación no se queda anclada en el dolor o el sufrimiento, sino que la contemplación suscita amor: Que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuan grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor (Vida 22,14). Así en el culmen de la pasión Santa Teresa ve por una parte el sumo amor de Cristo y el modelo sin igual de la fortaleza, de la humildad y de de la obediencia. Cristo Crucificado es el “espiritual de veras” que tenemos que mirar para imitar en responder no con palabras sino con obras, Poned los ojos en el Crucificado, y se les hará todo poco. Si Su Majestad (el Señor) nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo quieren contentarle con sólo palabras?(VII Moradas 4, 9).

La influencia de Teresa traspasó muy pronto nuestras fronteras. Su fama de mujer santa, atrevida, que no se doblegó ni ante el poder de la Inquisición ni ante las imposiciones de una sociedad patriarcal, tuvo desde siempre campo abonado en la cultura francesa y anglosajona y en los ámbitos de habla inglesa en su conjunto. En esos países de costumbres, hábitos y usos alejados de los españoles, sobre todo en lo concerniente a la temática religiosa, la figura de Teresa de Ávila -como se la conoce por lo general fuera de España- tuvo una enorme proyección ya desde el siglo XVII en todas y cada una de las generaciones posteriores, comenzando por los poetas llamados metafísicos. Pero sería sobre todo en el XX cuando la presencia teresiana se aprecia con claridad en textos narrativos directamente inspirados en pasajes concretos de su biografía y en los mensajes de sus escritos. Las biografías de Teresa se multiplican, la narrativa de corte más o menos feminista antepone la mujer a la santidad, hace prevalecer el carisma personal, la capacidad de iniciativa, sobre otras considera-ciones de calado netamente religioso. Autoras modernistas, como Gertrude Stein o novelistas de finales del XX y principios del XXI, como Michéle Roberts, en plena postmodernidad, establecen toda una serie de vínculos intertextuales en los que Teresa o alguna de sus obras se revelan como motivos de inspiración creativa y elementos temáticos de primer orden. Más allá de la visión hagiográfica tradicional, no faltan, como es natural, las revisiones feministas en el marco de los estudios de género. También aquí la santa abulense es considerada como avanzada en su concepción de la mujer y modelo de feminidad ella misma.

Dentro de esta misma perspectiva foránea,  pasada por un tamiz muy personal, se sitúan las reflexiones del actor y director teatral irlandés Denis Rafter. Por un lado, recoge de una manera subjetiva y con gran valor emocional los primeros contactos de un católico irlandés con la santa española; por otro, articula esas impresiones personales a través de la biografía que Kate O’Brien escribió sobre Teresa. Pero, al mismo tiempo, la fuerza creadora del dramaturgo hace revivir en el escenario el encuentro de la monja fundadora con otra de las grandes figuras del misticismo español: san Juan de la Cruz. Kate O’Brien, poco a poco se iría empapando de la cultura, de la espiritualidad y del alma de España a través de las figuras que ella más admiraba: Cervantes, san Francisco Javier, san Juan de la Cruz y, sobre todo, Santa Teresa de Jesús. La religiosidad de esta monja singular, mística y reformista, concitó desde el principio una gran admiración en la escritora irlandesa. El descubrimiento de Teresa de Jesús fascinó a la joven Kate de tal modo que acabó escribiendo una biografía no tanto de la santa sino de la mujer que habitaba bajo el hábito carmelitano. Al principio del libro Teresa de Ávila podemos leer: «Escribo sobre Teresa de Jesús por propia elección, que es apasionada, arbitraria y personal». Denis Rafter descubre a través de Kate O’Brien la gran humanidad de Teresa, su valor y coraje, su espíritu tozudo e innovador, su inspiración literaria y sus experiencias místicas. Teresa no fue una monja al uso. Conocía el mundo, sabía lo que pasaba a su alrededor, tenía noticia de cuanto acontecía tanto en Europa como en América, estaba abierta al conoci-miento del siglo y al conocimiento de Dios y se granjeó el respeto en un mundo dominado por hombres.

Muchas, y en ocasiones virulentas, han sido las polémicas suscitadas en este sentido, y numerosos han sido los estudiosos que desde la asepsia de la ciencia han tratado de explicar fenómenos físicos y psíquicos no siempre comprensibles para el público en general. El mismo carácter intimista, espontáneo, sincero, acaso ingenuo, de los escritos autobiográficos teresianos movieron a psiquiatras y psicólogos de etapas pasadas a tratar de anali¬zar no solo la mente de la autora, sino sus propias observaciones acerca de lo que podríamos denominar psicología humana en general. Los patrones de conducta que la santa refleja en sus escritos, sus éxtasis y visiones místicas inspiraron numerosos estudios médicos a partir del siglo XVIII y de manera especial en el primer tercio del siglo XIX.

Ya en pleno siglo XX la figura de Teresa va desapareciendo de los tratados de psiquiatría, aunque algunas publicaciones sigan haciendo referencia al sentido de culpa por su ascendencia judía como posible explicación a fenómenos de tipo psicopatológico. Pero lo cierto es, que una mujer tan compleja y admirable como Teresa se resiste a cualquier clasificación de corte simplista. A fin de cuentas, es su inmenso legado lo que importa y por él sigue siendo admirada y venerada.

Doctrina cierta de la Santa es lo que ella recomienda al final de las moradas, recomendación siempre actual para nosotros: “Como hagamos lo que pudiéramos hará S.M. que vayamos pudiendo cada día más y más” (VII Moradas, 4, 1-15).

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí:
¿qué mandáis hacer de mí?

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