¡Cristo vive! Y el anuncio es tan grande que tenemos todaaaaaaaa una semana para celebrarlo y gozarnos en esta gran noticia. A lo mejor miramos nuestra vida y pensamos: “Pues me siento igual que ayer”. No, hermano, no hermana, Cristo ha resucitado y tu vida, nuestra vida, ya no es igual. Ya nunca más será igual. Abramos nuestro corazón a este inmenso don, dejemos que calen en lo profundo de nuestro ser estas palabras: Cristo ha resucitado, Él vive y es mi Rey para siempre.

AzenethMi Cristo, mi Rey  https://youtu.be/50xm0OYc2q8

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

¡Este es el Día que hizo el Señor! ¡Alegrémonos! Tenemos siete días para prolongar el grito: «¡El sepulcro está vacío!». Y después, continuar hasta Pentecostés. Pascua significa -literalmente- paso. Cristo es nuestro «paso«. En Él pasamos de un estado de separación a una relación de comunión. De una situación de muerte a la vida. La piedra sepulcral que nos encerraba en nuestro mundo viejo, cansino, inhabitable… ha sido levantada  por Cristo. Y nosotros hemos salido con Él fuera de la prisión. Él nos ha hecho pasar a un mundo nuevo.

Pero… ¿podemos hablar de mundo nuevo en esta situación? Sí, podemos proclamar que Cristo es el hombre nuevo y hace nuevas todas las cosas. Pone en nosotros una mirada nueva que es la mirada del Padre, del Creador del mundo, que envió a su Hijo al mundo para que nadie perezca, para dar muerte a la muerte. Envió a su Hijo para acompañarnos en el sufrimiento y para vencer a la muerte. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Nuestro Dios no es nuestro enemigo, no nos envía muerte. Él es nuestro aliado en la lucha por la vida, pero no una vida cualquiera, sino una vida abundante, una vida más humana.

Nos dice Chus Villarroel que el Coronavirus, visto desde la Fe, es una llamada de atención. «No podemos decir que lo manda Dios pero debemos actuar como si lo mandase porque es un signo. ¿De qué nos llama la atención? De lo de siempre, es decir, que no podemos adueñarnos del árbol de la ciencia del bien y del mal, que no podemos comer sus manzanas, que no podemos superar los límites; porque, si lo hacemos, moriremos. Pues bien, estamos muriendo. Yo pido al Señor que termine esto cuanto antes, pero no soy tan frívolo como para no darme cuenta de que nuestra sociedad por alguna parte tenía que romperse. No había límites para casi nada. La explotación de unos hombres por otros, la falta de respeto a Dios, al que se le negaba la existencia, son datos suficientes. Pienso que, de ahora en adelante, podríamos cambiar algo; porque, de lo contrario, cualquier cosa podría ocurrir más grave que lo que supone un microscópico virus».

Hoy, lunes de la octava de Pascua, escuchemos la voz del Señor Resucitado: «No tengáis miedo. Yo he vencido al mundo«.

Montse de Javier · Comunidade Caná