Cuidar la creación, cuidar al ser humano

Cercano ya el verano y con la vista puesta en el merecido descanso de tantas familias que podrán disfrutar en contacto con la naturaleza, con el mar o la montaña, he querido reflexionar con todos vosotros sobre nuestra común vocación humana, como seres creados por el amor de Dios, a “custodiar la obra de la creación”. Ese es el título de la Carta Pastoral que en estos días pasados se ha dado a conocer, “a la espera de la Encíclica del papa Francisco” sobre esta misma cuestión. No pretendo otra cosa con ella que invitaros a meditar y agradecer este inmenso don divino de la naturaleza, del medio ambiente, del mundo plagado de vida animal y vegetal, porque “El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo guardara” (Gen 2, 15).
    Todos tenemos que ser conscientes de la enorme responsabilidad que tenemos en el mantenimiento y preservación de este tesoro. Un tesoro que está estrechamente vinculado a la propia dignidad de cada persona y a la dignidad de todo el género humano, ya que la conservación de nuestro entorno es indisociable del progreso y del bienestar de todos los seres y todos los pueblos. Crecimiento económico y sostenibilidad de los recursos naturales son, o han de ser, las dos caras de una misma moneda: la del progreso y el bienestar humanos.
    De cuál sea la salud del medio ambiente del planeta, dependerá, y muy mucho, el propio bienestar social, sanitario y económico de cada uno de nosotros. No podemos permanecer indiferentes a esta cuestión ambiental. Con frecuencia nos acostumbramos a pensar que son las administraciones o las empresas las únicas responsables del cuidado del entorno, de la contaminación o de las acciones para evitar los daños al medio. Y sin dejar de ser ello verdad, lo cierto es que cada uno también puede aportar su granito de arena, su pequeño compromiso, con la salud integral de nuestro planeta.
    Es una opción personal que nos pone en la línea de nuestra vocación de criaturas, de ser cuidadores y custodios de la creación. Dios nos permite asociarnos a su obra creadora, con nuestras manos de trabajadores incansables para minimizar los efectos del cambio climático o combatir la deforestación o las amenazas a las especies en riesgo de extinción.
    Hay oportunidades para cambiar el rumbo de las cosas, porque sigue siendo una ofensa a Dios la explotación injusta de los recursos del planeta. Y lo es, además, porque esa actitud entraña una ofensa a los pobres y a todos aquellos que no disponen de los medios necesarios para sobrevivir con dignidad. El ideal al que hay que tender es que, por ejemplo, todas, absolutamente todas las familias pueden disfrutar de un bien ganado tiempo de ocio en contacto con la naturaleza.
    La Iglesia no ha olvidado nunca que el mundo, como casa común de la humanidad, es como una herencia que hay que compartir, sin apropiaciones indebidas y con total generosidad. Sólo protegiendo y cuidando la naturaleza será posible custodiar a las personas que habitan el planeta, preocuparse por todos, muy especialmente por los más débiles. Poniendo en el centro del mundo a la persona, a cada persona; y en el centro de la persona a Cristo “que manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación”. ¡Buen verano a todos!
D. Julián Barrio / Junio 2015