De la sotana a los EPI

  • Los seis sacerdotes que trabajan en los hospitales públicos de A Coruña siguieron durante la pandemia con su labor de acompañar a enfermos, apoyar a las familias y oficiar misa

Hacen guardias, están disponibles las 24 horas e igual que los sanitarios durante estos meses los equipos de protección individual (EPI) forman parte ya de su uniforme de trabajo. Son los seis sacerdotes que ofrecen sus servicios en los hospitales públicos de A Coruña. Presentes durante toda la pandemia han sido los únicos, junto a los sanitarios, en poder visitar a pacientes Covid que querían recibir la comunión, la santa unción o simplemente hablar u orar en compañía. Curtidos en ver todo tipo de enfermos, aseguran que lo más duro de este virus «es el no poder estar con la familia»

Sin sotana pero con bata blanca, mascarilla y equipo de protección individual (EPI) cuando es necesario, los seis sacerdotes que trabajan en el Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac) no han dejado de ofrecer sus servicios durante toda la pandemia. Disponibles las 24 horas del día -se turnan para que siempre haya uno de guardia- son los únicos junto a los sanitarios que han podido visitar a aquellos enfermos de Covid que solicitaban recibir la comunión, la santa unción o que simplemente necesitaban poder hablar u orar en compañía. Además dan apoyo a las familias y ofician la misa diaria en la capilla del hospital, adaptada siempre a los protocolos a los que obliga la nueva normalidad. «La pandemia dio todo un vuelco al hospital y aunque había muchas restricciones y un protocolo de protección, nosotros siempre hemos estado y estamos presentes», indica uno de los capellanes del hospital Fernando Isorna, quien tras años viendo a enfermos con múltiples patologías tiene claro que lo más duro del Covid es «el que los pacientes no puedan ver a la familia y que muchos fallezcan solos».

La presencia de sacerdotes en los hospitales públicos está regulada por los acuerdos de Estado con la Santa Sede de 1979. En el caso del Chuac, los seis capellanes forman parte de la plantilla del Sergas y se distribuyen en función de la demanda. Por eso hay cuatro destinados en el Hospital Universitario, uno en el de Oza y otro en el Materno. «Hacemos guardia para que siempre haya uno disponible y tenemos un teléfono al que las familias o los sanitarios pueden llamarnos cuando nos precisen», indica Isorna, quien recuerda además que siempre está la capilla, «un lugar donde se está bien, un lugar de paz, un oasis dentro del hospital».

Acostumbrados a dejarse ver por los pasillos, informar a las familias de su presencia y saludar a los pacientes en las habitaciones para que todo el mundo sepa que quien lo desee puede contar con la ayuda de un sacerdote, la pandemia les obligó a readaptar su labor y a limitarse a acompañar a familias y pacientes cuando lo demandan. En plena pandemia y con las visitas restringidas a los pacientes Covid, ellos sí pueden apoyarles. Eso sí, los capellanes del hospital también notan diferencias entre la primera ola y la segunda tanto en los protocolos como en la actitud de familias y pacientes. «Al principio había muchas restricciones y más miedo. El enfermo llegaba y ya no podía ver a su familia y eso fue difícil de gestionar. Ahora esta todo más calmado, la situación está más controlada y ya saben a qué se enfrentan si se hacen las pruebas y da positivo», indica Isorna. Reconoce que por eso ahora incluso realizan visitas a diario por las habitaciones de pacientes que o bien ellos mismos o la familia lo solicitan. «Algunos quieren recibir la santa unción, otros la comunión y en muchos casos se trata de hacer un acompañamiento, de escucharles, de hablar, de orar con ellos y por ellos», indica este sacerdote, que explica que a veces también hacen de intermediarios con la familia: «Les informamos de que están ahí fuera, de que les mandan un abrazo». ¿Y cómo se encuentran los pacientes a los que visitan los sacerdotes del hospital? Depende de cada caso. «Hay algunos muy malitos donde no podemos ni hablar pero nos pide la familia que estemos con ellos y otros con la enfermedad menos complicada nos comentan lo que cualquier otro paciente. En general lo llevan con paciencia, con calma, ya saben lo que es y se lo toman con filosofía».

Para ofrecer esta asistencia espiritual o simplemente acompañar al paciente que lo desea en su estancia hospitalaria, los sacerdotes tienen que cumplir a rajatabla los protocolos antiCovid y por eso el EPI se ha convertido en un complemento más de su labor diaria. Pese a que Isorna reconoce que ellos ya estaban acostumbrados a «usar batas quirúrgicas o guantes» en las visitas a determinados enfermos y «a extremar las precauciones ante el riesgo a contagiarse de ciertos virus», el Covid ha obligado a ir un paso más allá. «Nos ponemos el EPI en el momento de ir a la habitación del paciente y una vez allí se limita al máximo el contacto, no podemos exceder las confianzas para evitar contagios», indica este sacerdote.

Y si el acompañamiento a enfermos se mantuvo – «en la primera ola incluso a veces no dimos a basto ante el número de pacientes que fallecían solos y es cierto también que incluso algunos sanitarios no nos llamaron porque creían que no estábamos, ¿pero cómo no vamos a ir?», recuerda-, los capellanes sí atendieron a menos familias debido a que la limitación de visitas hizo que en algunos momentos apenas los trabajadores del hospital y los pacientes estuviesen en el centro. «Se nota que hay menos afluencia pero también el hecho de que haya menos gente, estar más solos ha favorecido que algunos familiares se animen a ir a la capilla o a hablar con el sacerdote. Esta ha sido una época de un sentir común de dolor, de pena porque mucha gente ha fallecido sola. Quizás lo más doloroso, lo que hace más especial esta enfermedad es el tener que estar sin la familia», indica Isorna, que asegura que los familiares siempre afrontan peor la enfermedad que el propio paciente. «El enfermo solo tiene en el pensamiento el curarse, es más optimista y realista y si sabe que no es posible piensa en hacer bien la despedida, reflexionar sobre su vida y arreglar lo que haya que arreglar, perdonar…, pero los familiares se dejan llevar por el pánico, entran en una situación de preduelo y tienen miedo a cómo gestionar esta muerte», indica Isorna, quien reconoce que más allá de la asistencia espiritual, muchas veces ejercen «como psicólogos, hablando, escuchándoles».

Además, los sacerdotes del Chuac han seguido oficiando misa en el caso del Hospital Universitario, en la capilla ubicada en la tercera planta. Siempre con el aforo fijado en función de la pandemia.

 

Fuente: www.laopinioncoruna.es