«Delante de los ángeles tañeré para ti, Dios mío» (Sal 137,1)

En dos fechas del año la Iglesia honra litúrgicamente a los ángeles: El 2 de octubre a los ángeles custodios – -«cada fiel tiene a su lado su ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida»–, y el 29 de septiembre, que hace memoria especial de los tres príncipes de la corte celestial que intervienen en la Revelación, y se nos da su nombre, son los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael; pero también, en este día, celebra a todos los coros angélicos. Y es que las páginas bíblicas están repletas de su presencia a lo largo de la historia de la salvación; y la Iglesia los tiene siempre presentes en su culto, y nos alienta a invocar su asistencia.

Nos recuerda, que los ángeles son criaturas  espirituales, invisibles e inmortales; son seres personales dotados de inteligencia y voluntad. Contemplan incesantemente a Dios, lo glorifican, lo sirven y son sus mensajeros en el cumplimiento de la misión de salvación para todos los hombres.

Me da la impresión de que hablar hoy de los ángeles -en homilías, catequesis, charlas, clases- lo hemos dejado de lado. Como consecuencia, nuestros fieles están bastante ayunos en conocerlos, tratarlos e invocarlos. ¡Y así nos va! Un gran catequista del pasado siglo enseñaba así a la gente joven acerca de los ángeles:

«En el firmamento hay miles y millones de estrellas que por la noche parecen lucecitas pequeñas y sin embargo son grandísimas; incomparablemente mayores que la tierra; solo que por la distancia tan enorme a que se hallan, aparecen casi como polvillo de oro… Más allá del firmamento hay otro cielo más hermoso donde Dios tiene su trono, y en vez de estrellas forman su escolta los ángeles, personas nobilísimas, seres invisibles, vivientes, que piensan y aman; pero no tienen cuerpo; son puros espíritus. Son millones y millones, incontables, más que las estrellas del cielo. Y cada uno de ellos, sin comparación, es muchísimo más poderoso, más sabio, más perfecto que los hombres…

«Todos los ángeles forman como tres grandes ejércitos, tres jerarquías; y en cada jerarquía, hay tres coros, o divisiones: 1) Serafines, Querubines, Tronos, son los «más cercanos» a Dios. 2) Le siguen: Dominaciones, Virtudes, Potestades. 3) Los que se encargan de servir a Dios en el gobierno del mundo: Principados, Arcángeles y Ángeles…

«Suele representárseles:  Bien como niños –por su inocencia y santidad–; o jóvenes –porque no envejecen y no morirán jamás–; con unas arpas u otros instrumentos musicales –porque cantan, tocan y alaban a Dios–; con alas –ya que obedecen a Dios rapidísimamente, más que volando–; a veces, con una cabeza con alas –-para indicar así que no tienen cuerpo…

«Dios creó a los ángeles muy hermosos y los hizo semejantes a sí, porque les dio la gracia santificante. Pero, antes de que pudieran verle y gozar de Él, quiso probar su fidelidad y que ganasen siendo fieles la gloria eterna… Muchos de ellos, con Luzbel al frente, al verse tan hermosos y perfectos, quisieron ser tanto como Dios, no quisieron servirle, pecaron… Pero la mayoría permanecieron fieles al Señor… Se entabló una gran batalla… A la soberbia de Luzbel y los suyos, se opuso con su humildad el arcángel san Miguel con los ángeles buenos:   Q.S.D., Quis sicut Deus?, ¿Quién como Dios? Por tal desobediencia los ángeles rebeldes quedaron convertidos en demonios para siempre…; llenos de rabia y de envidia quieren llevarnos con ellos al infierno; capitaneados por Lucifer (antes Luzbel), Satanás, «el diablo, como león rugiente, ronda, buscando a quien devorar» (I Pe 5,8).

«Mas no tengáis miedo. Ya que los ángeles buenos nos aman a nosotros. Y el Señor nos ha dado a cada uno un ángel, el Ángel de la Guarda. Al que debemos, como enseñaba san Bernardo, reverentiam pro praesentia, devotionem pro benevolentia, fidutiam pro custodia; es decir:  que hemos de respetarlo por su presencia, agradecerle sus beneficios, invocarlo frecuentemente confiando en su protección». (Cfr. D. Llorente, Catecismo explicado).

No dejes de encomendarte diariamente a tu Ángel de la guarda, diciéndole devotamente: Ángel de Dios, / bajo cuya custodia me puso el Señor, con amorosa piedad. / A mí, que soy vuestro encomendado, / ilumíname, / guárdame, / defiéndeme y gobiérname. Amén.

                                                                                                                                           Jomigo

 

Foto: Jan van Eyck (1423), Ángeles cantores ápteros. Además de ser mensajeros de Dios, rezan cantando. Nunca dejan de salmodiar al Señor en la liturgia celestial.