Desde la Escritura: Viernes Santo

Como acabamos de indicar, en un día como el del Jueves Santo, en circunstancias normales, distintas a las de estos momentos, se llevaba el Santísimo al lugar en que establecíamos un monumento, con muchas velas encendidas y el sagrario en el centro. Queríamos rememorar lo que había hecho Jesús al concluir la Última Cena: se había dirigido con sus discípulos al Huerto de los Olivos, y allí se puso a orar y pidió que sus discípulos lo acompañaran con la oración. Comenzaría allí su pasión, pues allí tendría lugar su arresto, cuando llegara Judas acompañado de un grupo de hombres con espadas y palos, de parte de los Sumos Sacerdotes y otras guardias del templo. Aquello sería el primer paso, que había de llevar más adelante a la entrega de su Espíritu en manos del Padre.

La pasión de Jesús, vista con ojos terrenos, está abocada al fracaso; pero la fuerza de Dios convierte en victoria lo que a los ojos humanos se quedaba en el sufrimiento y en la muerte. La cruz, con Cristo clavado en ella, se convierte en símbolo de la superación de la muerte y en signo del reino mesiánico.

La liturgia de la conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor tendrá tres partes: la proclamación de las lecturas bíblicas, que culminan en la oración universal; la así llamada «adoración de la cruz»; y la comunión. Sin tratarse de una Misa, sí que es un acto litúrgico.

Las lecturas del acto litúrgico del Viernes Santo nos presentan a Jesús encarnando en su persona los sufrimientos que Isaías vaticinó para el Siervo de Yahvé. Se proclama el 4º Cántico del Siervo Sufriente, que se encuentra, como los otros, en el libro del profeta Isaías. La segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, nos muestra a Jesús como el verdadero Siervo de Yahvé, como el Sumo Sacerdote de los bienes auténticos y definitivos, compasivo y de mucha misericordia, que ofrece la salvación eterna a cuantos le obedecen. El Evangelio presenta la pasión y muerte de Jesús, según la redacción de San Juan, el 4º evangelista.

En la Oración Universal, pedimos a Dios por toda la Iglesia, pues Dios nos ama en su Hijo, de cuyo cuerpo formamos parte. También pedimos, apoyados en la virtud redentora de la sangre de Cristo, por la unión de los cristianos, por cuantos no conocen a Cristo; por los gobernantes, por los atribulados; en esta condición de humanidad acosada por un virus que invade a todos los pueblos, pedimos por las víctimas de ese virus, por los que entregan su vida para atender a los enfermos, y en general por todos los hombres de la tierra, pues por todos murió Cristo.

La segunda parte de la celebración litúrgica del Viernes Santo, se denomina «Adoración de la cruz», en orden a mostrar nuestra adoración a Cristo, el Hijo de Dios, que redimió al mundo muriendo en ella. Nos inclinamos, pues, delante de la cruz, para adorar al que ya no está en ella, pues ha sido constituido Señor de vivos y de muertos.

En la tercera y última parte de la liturgia del Viernes Santo, recibimos el cuerpo de Cristo, consagrado en la tarde del Jueves. Cristo, muerto por nuestros pecados, es vida para quien lo recibe dignamente. Quien come el Cuerpo del Señor, tiene ya la vida eterna, y Jesucristo lo resucitará en el día final.

El silencio con que termina la conmemoración de la muerte de Cristo, simboliza la tristeza y la angustia que aparecen al faltar Cristo, luz y gozo del hombre.

José Fernández Lago