Diario de un peregrino. El desayuno

Querido diario: ¿qué tal llevas los madrugones del Camino? ¿Te cuesta salir de la mochila, eh? “No salir de casa sin haber desayunado”. He aquí uno de los principios rectores de la infancia. Eso de llegar al colegio o ir al trabajo en el filo de la puntualidad, para exprimir la dormida al máximo no iba con nuestra familia. Los colegas “en ayunas” tomaban su cafelito, tal vez con magdalena. Pero bien alimentados, rendíamos más.

Me encantaba madrugar. Con un espectáculo en estado puro: el despertar de los sentidos. Cada mañana parecía un milagro, una resurrección; un regalo traído por las oraciones de la noche anterior. Sonidos de pájaros, coches o sirenas de barcos, según donde tocase vivir. Por un tiempo, los dibujos pelearon sin éxito por un puesto de niñera. La radio sí echó raíces en el baño o la cocina con la “chispa” de su compañía.

¿Y la mesa? Bueno, bueno, bueno… El pan y la leche, emocionados, se inmolaban por nosotros cada mañana. En sopas o con tostador. Miel. Mermelada y otros “untamientos”. El zumito. Las galletas. Con los años, aparecieron el colega neozelandés peludo y el compadre andaluz del olivar. Cuando llegaba alguna invitación para cenar o almorzar ni siquiera nos tentaba, porque ya habíamos vivido juntos el mejor momento del día.

Fue sano que nos enseñasen a dar gracias por tantos cuidados y pensar en quien no tenía. A espabilar, trabajando mucho y bien para ser menos indignos. A competir en las olimpiadas del aseo, la mochila o el ascensor. A preparar los sueños venideros, antes del próximo desayuno.

Manuel Á.Blanco