Diario de un peregrino: “sólo se vive dos veces”

Querido diario: me he mojado bastante. Últimamente, el “gore-tex” de las botas, parece más un insulto que una protección contra la lluvia. En nuestro avance resignado hemos conocido a un auténtico japonés. Graba todo con un pequeño ordenador, se calza zapatillas en cada parada… Como no paraba de ofrecer sushi a todos, un paisano le acercó un bocado de rodaballo salvaje que estaba “planchando”… “Deme otlo, pol sabol”.

Aitushiko, contó a sus compañeros de Camino que había montado una empresa con un socio suyo, el sr. Morimoto, para sacar provecho a un talento: el de no hacer nada. Así, un doctor como él en física nuclear prefirió ganarse la vida acompañando gente a la compra, a una mudanza, a la hora de comer… sólo daba conversación “de ascensor”. Al parecer, sus clientes, en aumento, están heridos de soledad por tanta tecnología.

Mi amigo del “Imperio del sol naciente” era aficionado a los “tanques de tormenta”. Inmensos depósitos que recogen agua de lluvia antes de enviarla a las depuradoras. Así se cuidan mejor los ríos. En Madrid está el mayor del mundo. Cuando llueve, los primeros residuos contaminan mucho (metales de la atmósfera, aceites de los coches, residuos de las calles…). Metáfora cuaresmal: sanear el río de mi lluviosa vida.

Aitushiko y un servidor concluimos que ambos encajábamos en el concepto de “hijos boomerang”: volvíamos a la casa del Padre por la Ruta Jacobea. El hierático japonés se partía de risa cuando le contamos que José Luis Rodríguez, el Puma, no decía “boomerang, boomerang, viva la numeración”, sino, “numerao, numerao” en su canción del “pavo real”…

Manuel Á. Blanco