Dios es la fuerza del hombre

EL SER HUMANO NO ha ido evolucionando de tal modo, que en el momento actual se ve en muchas ocasiones ilimitado. Cierto que, si el hombre reflexiona un poco más, podrá observar que hay metas que no puede alcanzar; y otras que sólo alcanza a ver en la esperanza que el Señor pone en su corazón. En esos casos, se abre hacia Dios, que es quien puede llenar su corazón. El Señor, que se manifiesta al hombre por medio de la naturaleza y de los acontecimientos de la historia, se ha dejado sentir a menudo en la palabra que entregaba a los profetas y otros hombres de Dios para que la anunciaran al pueblo creyente.

El profeta Isaías, en la 1ª lectura de la Misa de hoy, presenta una situación de bonanza, que se alcanza por obra de Dios. Es Dios quien está presente, como salvador. Esa salvación se muestra ofreciendo una situación paradisíaca, al servicio del hombre: el Señor, que ha hecho brotar aguas en el desierto y torrentes en la estepa, hará que los ciegos vean, que los sordos oigan, que los paralíticos corran y que el mudo cante las alabanzas del Señor. El Evangelio según San Marcos presenta a Jesús transitando la parte occidental de la Siria de entonces y algunos pueblos de Galilea. Le presentan un sordomudo, para que él le imponga las manos. Jesús le toca los oídos y la lengua, y manda que estos órganos se abran. La gente se admira de sus obras, pero él no quiere que las divulguen, pues podrían considerar que se cumplía en él lo que estaba anunciado para el Mesías, concretado en que había de expulsar a los romanos del territorio de Judea.

La 2ª lectura está tomada de la Carta de Santiago. Indica el autor que a la fe han de corresponder unas obras en consecuencia con esa fe que se tiene. Esto ha de percibirse más que nada en la consideración para con los pobres: no podemos ser creyentes y desentendernos del que padece necesidad. Con nuestras obras, podremos dar testimonio auténtico de la fe que profesamos.

Fuente: José Fernández Lago (elcorreogallego.es 6 septiembre 2015)