Domingos en Blanco: acogida

La señora Margarita comenzó a trabajar en casa de una familia “bien”. La “patrona” se había informado concienzudamente acerca de la reputación de su nueva empleada. Le importaba su pasado. Incluso, encontró un deshonesto “desliz” juvenil que le sirvió para justificarle un sueldo más bajo de lo correspondiente. 

Le recalcaron normas imprescindibles: discreción, honestidad, disponibilidad en el horario y en el esfuerzo, alegría e iniciativa. Margarita, en esos aspectos era una “joya”. No así sus jefes, no así… un poco pendones. Además, cuando la fiel y despierta empleada de hogar, propuso algunas mejoras y arreglos, escuchó: “¡Qué descarada! ¿Usted qué sabrá? Limítese a limpiar. Aquí sólo se hará lo que siempre se ha hecho”.

Resumiendo: un “xa opinaches”. Punto. Margarita pudo haberse jubilado allí. Si daba una palabra, la cumplía. Pero se la dio a otros empleadores, que al comprobar sus cualidades, la trataron como de la familia. Eso dignifica. Quienes la enjuiciaron y, en parte, explotaron, no supieron descubrir la auténtica ganancia que ella misma suponía.

Tal vez por eso nos gusta ver cómo Jesús no condena a la pecadora. La piedra que desecharon los lapidadores, se ha convertido en la primera piedra de su nueva casa: la de Dios misericordioso. De ésa no se marcha. A San José le encargan llamar al Niño “Jesús” porque salvará al pueblo de sus pecados; derramará sangre por redimirlos.

Dios no olvida a quienes ha invitado a ser felices eternamente. La gracia da luz para descubrir el pecado (que puede ser un vacío de amor, no sólo maldad elaborada). Si luego eso se reconoce, se poseerán dos regalos: la verdad se instala en la conciencia y la redención se intuye, cierta, posible, real. Y todo por acoger.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social