Domingos en Blanco: apertura

Menudo personaje debió ser el rey armenio Tiríades III. Primero, deslumbrado por la belleza de la monja Sta. Hripsimé, le propuso que se casara con él. Ante su negativa, mandó que la torturaran cruelmente. Poco después, el rey encerró a S. Gregorio el Iluminador, el primer cabeza de la Iglesia armenia

Algo sucedió (cuentan que un providencial “castigo” divino). Al rey, le creció pelo por todo el cuerpo, pezuñas en los pies; tenía que caminar a cuatro patas y escarbar la tierra con el morro, como un jabalí. Su hermana, recién conversa, le dijo que se curaría si dejaba de perseguir a los cristianos.

Tiríades hizo caso: liberó a San Gregorio y le dejó predicar la Buena Nueva durante 70 días, al término de los cuales, el rey recuperó la forma humana. Destruyó los templos paganos y, con todo su ejército, recibió el Bautismo. Desde ese año (el 301), Armenia se convirtió en la primera nación del mundo que adoptó el cristianismo.

Imaginé al rey Tiríades sordo y mudo, en un principio, para las cosas realmente importantes. Su hermana le apartó de la gente y de sus propias obsesiones. Y escuchó a Jesús. No estigmatizó para siempre a quien le había hablado ya de Él y atendió.

Existe un tipo de cultura (“de muerte”, la llamaba S. Juan Pablo II), que actúa como una pegajosa tela de araña. Le dice a los jóvenes que no se comprometan con nadie ni se responsabilicen de nada; o que el culmen de su felicidad estriba en ser deseados y deseadas. Pero, ¡somos algo más que un puñado de impulsos! Somos profundamente amados por Dios, que es distinto. Él nos enseña el poder de donarnos a los demás sin manipulaciones. Y eso transforma nuestra vida en libre, auténtica, plena.

Hoy, Armenia, el país al pie del Ararat, recoge la tradición de la lanza que atravesó el costado de Cristo y la del Arca de Noé. La Alianza no caduca.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social