Domingos en Blanco: audaces

Siempre admiré la audacia de Santiago. La que nos inspira y pedimos para la Nueva Evangelización. Un atrevimiento que recuerda a aquel “Audentes fortuna iuvat” citado en la Eneida de Virgilio: “A los osados, favorece la fortuna”. Seguro que al Señor le gustaba que quisiesen reinar con Él aunque, todavía, sin entender “cómo”.

La audacia de Dios resulta desconcertante. Por un lado, emprende la “locura” de que el Hijo se ofrezca, entregue su vida, sirva (en la tarea del único Sumo Sacerdote, probado, capaz de compadecerse). Por otra parte, resuelve consentir sufrimientos, cargas, trabajos para las almas, con los que, dice, justificará a muchos y “prosperarán”.

Los misioneros parecen el colmo de la sana rebeldía, contra cualquier sistema establecido. Ellos se marchan y luego se quedan. Sin medir lo políticamente correcto. Sin escatimar generosidad. Sin volver la vista atrás. Pero, al hablar con ellos y ellas, de sus bocas acaba saliendo una idea: “a donde y cuando la congregación me diga”.

Esa mezcla de pasión libre con obediencia rendida es lo que asombra de estas personas. Disponibles y dóciles, como el pincel de Miguel Ángel, para dibujar las maravillas de Dios en cualquier lugar del mundo. Y pasando por encima de cualquier ley (por elevación, no por negación), porque el amor supera toda normativa.

Los misioneros, como es lógico, luchan contra el sufrimiento (la humanidad tiende a esconderlo) con todos los medios a su alcance. A veces resulta imposible al 100%. Saben que es la moneda del amor. Por eso no llaman “inútil” a una persona desahuciadamente enferma. Su padecer, unido al de la cruz, posee un valor incalculable.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social