Domingos en Blanco: decisión

Un hombre se lamentaba a otro:
Mi gran problema es que no tengo firmeza para tomar decisiones.
¿Dudas mucho?
Y, no sé; bueno…; en fin… ¿qué te parece…?

Podríamos pensar que el pueblo de Israel lo tiene fácil: escogerán al Señor, y punto. No parece que lo hayan conseguido siempre. Ni nosotros. Ante las dificultades, tentaciones o deseo de integridad, nuestra mente dibuja un idílico “aunque todos sí, yo no”. Tururú!

Dicen que una buena decisión ha medido, primero, los efectos futuros, la reversibilidad, el impacto, la calidad de lo que está en juego y la periodicidad del compromiso necesario (¿será por esto que cuesta casarse o decidirse a ser sacerdote o religiosa?). Las alternativas revolotean sobre la mente que decide como mariposas que distraen. Los motivos se sopesan mil veces (o, en el extremo opuesto, se obvian a base de impulsos ciegos). Además, muchas elecciones no se pueden programar; a veces, no queda más remedio que improvisar. Ayudarán la experiencia, el buen juicio y un poquito de intuición. Por otro lado, hoy en día afrontamos un reto útil pero muy complejo: el de las decisiones que hemos de adoptar en grupo.

La libertad es un don inmensamente grande. Al Señor le gusta que nos entreguemos así a Él, libres, “porque nos dá la gana”; sin buscar privilegios ni compensaciones. “¿A quién vamos a acudir?”. Nadie nos querrá más ni mejor. Él lo ha decidido desde toda la eternidad: su empeño es nuestra felicidad. No se vuelve atrás.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social