Domingos en Blanco: el atrio

En el atrio de la Iglesia se celebraba un Funeral. Alguien pasó a toda prisa y le susurraron: “E logo, ti non vés a Misa?Haberá que rezar algo por Fulano!” Respuesta: “Agoraxa reza D. Alfonso”. Piropo para D. Alfonso; reconocían la devoción de su párroco. Pero la consecuencia no podía ser el inhibirse del trato personal con Dios.

Jesús nos enseña a distinguir entre: lo que “farfullan” sobre Él quienes no le conocen y lo que se descubre a Su lado. Primero pregunta por el “ellos dicen” y luego por el “vosotros decís”, más pegado a la realidad. A veces, la gente se acerca al sacerdote y le explica que, en realidad, no tiene pecados. Viviendo cerca de Jesús, se descubre que, incluso eso resulta una pobreza: no tener un pecado del que arrepentirse con el dolor de amor que atrae al Señor. Cuando Él viene, derrama allí todo su cariño.

Un amigo define la fe como nuestra relación personal y directa con Jesús. Eso es lo que nos salva. No una obra buena que hagamos. Santiago sugiere que las obras, más bien, demuestran la fe. Cuando dentro hay fe, dice la Beata Madre Teresa de Calcuta, hacemos algo bello por Dios y por el prójimo. Aunque duela, como el Siervo de Yahwé.

Participar en la Cruz de Cristo. Se nos ha dicho siempre que es imprescindible, que así somos salvados. Pero la Cruz sigue espantando, como a Pedro. Un pequeño video de catequesis muestra a un hombre cargando con su cruz en medio de otras muchas personas. En un momento dado, reza para que le recorten el madero y su travesía se vuelva así más llevadera. Se lo conceden. Y esto por tres veces hasta que se le ve portar una crucecita casi “micromachine”. Su esfuerzo parecía aliviado. Entonces, llega a un precipicio. El camino sigue en la montaña de enfrente. Los que llevan una cruz grande, la tumban y cruzan al otro lado pasando sobre ella. La suya no le alcanza.

Dios no consiente dificultades por fastidiar. Es por algo.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social