Domingos en Blanco: exceso de celo

En Galicia, normalmente, se exagera poco. Hemos heredado prudencia y precaución. Así lo recoge, por ejemplo, la expresión: “Ave de pico, non fai ao seu dono rico”. La gracia de las exageraciones andaluzas, en cambio, apuntan hacia una filosofía de vida menos rígida, optimista: “Te gastas menos que un polo de mármol”.

El verdadero celo, en la vida cristiana, significa pasión por las cosas importantes: amor a Jesucristo, trabajo bien hecho, servicio desinteresado, etc. “Los Mandamientos del Señor, alegran el corazón”. Pero a nadie puede parecer mal que Dios ayude a otros. Tal vez lo necesiten para su misión. Pensar que la dedicación a Dios y a los demás impide ganar dinero, indica, de por sí, “frío” en la fe.

El celo mal entendido crea sectas, estrés y mal humor. Celarnos de los demás, también. Las riquezas, el escándalo o los celos, obstaculizan la felicidad. Vivir en estrechez da miedo. Pero no ahoga el celo bueno; el que no  busca nada a cambio; el que piensa en el bien de los demás. El que no descansa hasta robarle una sonrisa al triste.

Uno de los cuentos de “El Conde de Lucanor” habla de un padre y un hijo que llevaban al mercado un mulo con muchos pertrechos. La gente, a su paso, les criticaba: unos por montar al mulo, y otros por no hacerlo. Nunca se podrá contentar a todos. Por eso importa buscar un motivo más elevado de actuación: Amor a Dios y al prójimo.

A veces lo único apropiado, sería un “celo”: para precintar bocas.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social