Domingos en Blanco: la trampa

Un ratón advirtió en el patio de la granja: “¡el granjero ha comprado una trampa para ratones!” Ni la gallina, el cordero o la vaca mostraron preocupación ante un problema que consideraron ajeno. Cierta noche, la ratonera atapó la cola de una serpiente venenosa. Al acercarse, la granjera recibió un mordisco. Hospital y reposo.

Para su restablecimiento, el esposo granjero preparó una buena sopa y, para darle sustancia, mató a la gallina. Visitaron a la enferma familiares de muy lejos: hubieron de sacrificar el cordero para darles de comer. Tragedia: la campesina, grave, falleció. La venta de la vaca al matadero, sufragó parte de los gastos del entierro.

Hablar hoy de tentaciones y de las consecuencias graves del pecado no atrae el interés de la audiencia. El entendimiento es engañado con falsas ilusiones. Y, la voluntad se debilita con la comodidad, la indiferencia o la fantasía. En el fondo, la soberbia nos miente al tratarnos como autosuficientes. El ser humano tiende a romperse.

El pecado retuerce el amor de Dios (o Él no existe o es culpable; estorba). Daña por dentro (deprime, malhumora; impide conocerse y valorarse; pesan demasiado el “qué dirán” o las posesiones). Evita el compromiso alegre con los demás porque arraiga el egoísmo. Incluso, pasa factura a los recursos del planeta.

Las tentaciones constituyen una trampa. Permanecen en el mundo para recordarnos que somos libres. Nublan. No se ve el peligro. La peor de ellas parece la de pensar que estamos solos. Que Dios no acompaña, no mima, no cuida. La gracia, hecha misericordia, puede más. Dios la ofrece. “La trampa se rompió y escapamos”.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social