Domingos en Blanco: semper fidelis

Cuentan que un día llegó Adán un poco tarde a casa. Eva le esperaba malhumorada: “¿Dónde demonios has estado? ¡Seguro que me engañas!” “Eva, por Dios, pero si no hay nadie más…” Mientras dormían, Adán notó que su esposa le tocaba la espalda  y el tórax. “Eva, ¿qué haces?” “Comprobaba que tuvieras todas las costillas”.

Hoy resulta difícil la fidelidad matrimonial. Las otras “permanencias”, también: los contratos de empresas, las amistades, la duración media de un teléfono móvil, etc. Sin embargo, una pareja necesita fidelidad para su felicidad. Imprescindible como la argamasa en una edificación. Es un don. Pero también un esfuerzo constante.

La fidelidad se alimenta de: lealtad (transparencia y mantener la palabra dada); madurez para ponerse en el lugar del cónyuge; escucha; respeto por la autonomía de la pareja; presencia (“estar”, en lo bueno y en lo malo); delicadeza con las confidencias (“lo hablado se queda entre tú y yo”). Y también de que nos aceptemos como somos.

Desde antiguo, “semperfidelis” se ha empleado como lema para destacar la fidelidad a instituciones como la Corona o la Iglesia (por ejemplo, las ciudades de Abbeville, en Francia, o Exeter, en Inglaterra). Unidades militares como los Marines, también la han adoptado. Se consideraba un honor servir a los demás de un modo honesto, inquebrantable. La fidelidad matrimonial no consiste en un tatuaje que perdure (de los que cansan), sino en la voluntad firme de unir la familia, acogiendo a los niños.