El buen pastor

Aquellos que huyen de África hacia Europa cuentan con un amigo en el Vaticano, un exiliado eritreo que ha prestado su ayuda a miles de personas desesperadas.

En un apartamento del Vaticano suena un teléfono móvil. El Padre Mussie Zerai atiende la llamada. En seguida reconoce la voz de un compañero de Eritrea. “¿Papa Mussie?”. Puede escuchar claramente el pánico en su voz. Yonas Debesay, un joven de diecinueve años, está en un barco de pesca de madera a punto de hundirse en medio del Mediterráneo.

El robusto sacerdote de 33 años le hace rápidamente una serie de preguntas que con el tiempo ya se ha acostumbrado a hacer. “¿Cuántas personas a bordo?”. Son 200, embarazadas y niños incluidos, en un barco construido para llevar solo a 80. “¿Cómo está el estado del mar?”. Difícil, dice Yonas. El bote se hunde cada vez más. “Dime la ubicación exacta. Necesito saber la lectura del GPS en tu teléfono”.

El número de teléfono de Zerai circula por todos lados. Está escrito en las paredes de los campos de refugiados por toda África del Norte. Se lo encontró grabado en los barcos de refugiados que el año pasado trasladaron a 170.000 personas a las costas de Italia, la mayoría de ellas de Eritrea y Siria, cuatro veces más que el año anterior.

Y siguen llegando. El pasado mayo, en un período de 24 horas, más de 4.200 migrantes que intentaban llegar a Europa fueron rescatados de los barcos en los que se trasladaban por el Mediterráneo.

Pero el dato más escalofriante es que desde comienzos de siglo, el Mediterráneo se ha cobrado las vidas de más de 30.000 personas que buscaban escapar del conflicto y la tiranía de sus tierras. Durante los primeros cuatro meses de este año, se estima que unos 1.770 emigrantes se ahogaron mientras trataban de llegar a Europa.

Allá por 2008, cuando Yonas hizo esa desesperada llamada telefónica, Mussie Zerai se prometió que ni Yonas ni sus compañeros refugiados serían parte de esas cifras. Se comunicó con la central de la guardia costera italiana en Roma, un número al que había llamado tantas veces que recordaba de memoria. En una hora, una embarcación de la guardia costera había encontrado a los refugiados, que se dirigían a la pequeña isla de Lampedusa, al sur de Sicilia.

Mussie Zerai ha salvado miles de vidas de esta manera. También es una figura conocida en Lampedusa y en otros puntos de entrada a Europa, por dar consuelo y ayuda práctica a aquellos que buscan asilo. Son muchos los que han visto morir ahogados a sus compatriotas al hundirse los desvencijados barcos de traficantes en los que viajaban. En medio del terror y la confusión, la suya es una voz serena en un idioma que puedan entender. Su trabajo pastoral y humanitario le ha valido una nominación al Premio Nobel de la Paz 2015.

Uno de los más influyentes defensores de Zerai para este premio es Kristian Berg Harpviken, director del Instituto de Investigación sobre la Paz de Oslo (PRIO). “La migración a través del Mediterráneo es un desastre humanitario cada vez más grande. Un Premio Nobel de la Paz en reconocimiento al coraje y la integridad moral de una persona sería particularmente oportuno este año”, dice.

Zerai parece comprender de forma instintiva la situación de los refugiados, ya que él también fue una vez un extraño sin un euro en una tierra desconocida.

Mussie Zerai nació en Asmara, capital de Eritrea, en 1975, y es el quinto de ocho hermanos. Nació en un país inmerso en conflictos que había sido ilegalmente anexionado por Etiopía. Los primeros años de Zerai transcurrieron en el marco de la brutal guerra por la independencia que se alargó 30 años y que los eritreos finalmente ganaron en 1991.

Recuerda claramente cómo se sacudían las paredes de su casa tras las explosiones de las bombas. “Tenía solo cinco años pero aún puedo recordar el aterrador sonido de los bombardeos y los tanques mientras corrían a buscar refugio en un búnker subterráneo”. Pero la vida cotidiana seguía su curso y desde muy pequeño Mussie comenzó a aprender italiano.

“Eritrea fue colonia italiana y muchos adultos en mi familia habían aprendido el idioma, y lo hablaban cuando querían discutir algo en privado”. Una cálida y emblemática sonrisa ilumina su rostro. “Siempre fui curioso. ¡Quería saber qué estaban diciendo!”.

Su niñez se vio interrumpida por dos sucesos devastadores. Su padre, Zerisenay, un ingeniero civil de alto rango, fue hecho prisionero por los etíopes que estaban reclutando oficiales eritreos. “Se las arregló para sobornar a sus captores y salir de prisión en 1979 y, al igual que los refugiados de hoy, se escapó a pie y viajó hasta Sudán, luego a Arabia Saudí y finalmente a Roma, donde había estudiado”.

Después, en 1982, cuando Mussie tenía siete años, murió su madre, Silas, y su abuela viuda, Kudusan, quedó a cargo de la educación del pequeño y de sus tres hermanas y cuatro hermanos. “Era una mujer muy fuerte, apasionada, una luchadora. Era católica e iba a misa a diario y me hizo conocer el poder de la fe religiosa”, relata.

La mitad de los eritreos son cristianos, en su mayoría ortodoxos. Solo el cinco por ciento de la población es católica. “Fue la iglesia, la comunidad y los frailes franciscanos quienes me llevaban de compras los sábados y quienes se convirtieron en mi familia. Jugaba al fútbol con mis amigos y hacía todas las cosas normales, pero quería ser parte de una comunidad más amplia donde pudiera aportar algo y ayudar a la gente”.
A los 14 años, anunció a su abuela que quería ser sacerdote.

Animado por el obispo local, viajó a Roma para cumplir su deseo. Tenía 17 años. Pero obtener el visado le llevó tanto tiempo que, cuando logró llegar a Italia, en 1992, su padre se había trasladado a Nigeria. Completamente solo, quedó bajo la protección del Padre Peter Bones, un sacerdote británico que ayudaba a jóvenes sin hogar y que trabajaba desde una oficina en la estación central de trenes.

Bones lo ayudó a conseguir un permiso de residencia. A cambio, Zerai hacía de intérprete de los recién llegados de Eritrea y Etiopía. Encontró trabajo a media jornada en un puesto de frutas en el mercado de la Piazza Vittorio en Roma, “donde aprendí a hablar italiano con mis manos”, y luego como recepcionista en un teatro.

También trabajaba como voluntario en distintas parroquias y asesoraba a emigrantes y refugiados de Eritrea y Etiopía; los ayudaba a encontrar un lugar para vivir, repartía comida y les explicaba las peculiaridades de la burocracia italiana con las que tendrían que tratar para demostrar su condición de refugiados. En Eritrea, quienes habían sido venerados por luchar por la libertad del país estaban ahora en el gobierno, pero se habían vuelto cada vez más autoritarios; se había implantado el servicio militar indefinido y se torturaba a aquellos que rehusaran cumplirlo. En 2011, a riesgo de morir a manos de los guardias fronterizos quienes tenían ordenes de disparar a matar, 222.000 eritreos, prácticamente el cinco por ciento de la población, habían huido del país.

Zerai nunca había abandonado la idea de ser sacerdote, pero lo que quería era trabajar con su gente y no estar confinado al púlpito. Un cura italiano le recomendó una orden de sacerdotes y monjes católicos fundada por el Obispo Giovanni Battista Scalabrini en 1887, que se dedicaba a la ayuda y el cuidado de los emigrantes. Y fue así como, con el comienzo del nuevo milenio, Zerai respondió a su vocación entre los Escalabrianos.
Diez años más tarde, Mussie Zerai se ordenó en la Iglesia de San Esteban de los Abisinios, la iglesia más antigua del Vaticano, otorgada a los eritreos y etíopes católicos por el Papa Sixto IV en el siglo XV.

Fue un día de gran emoción, teñido con unas gotas de tristeza. “Lo que más lamento es que mi abuela no pudiera estar. Murió en 2007, a los 99 años. Fue mucho lo que me enseñó”. Ese día llevó el anillo de oro que su abuela le había dado la última vez que la vio

A cambio, él le había dado su número de móvil y le había dicho: “Dáselo a aquellos que necesiten mi ayuda”. En ese momento no podía imaginar cuánto significaría para tantas personas.

A primeros de marzo de 2015 el padre Zerai se está poniendo su sotana bordada en colores crema y dorado para celebrar la Santa Misa en St Franziskus, una moderna iglesia ubicada en Kriens, cerca de Lucerna (Suiza). Aunque tiene su base en Roma, donde ha creado una obra benéfica llamada Agenzia Habeshia que promueve la integración de los inmigrantes en Italia, Zerai viaja a Suiza todos los fines de semana (pagando sus gastos él mismo), a celebrar servicios religiosos para algunos de los 6.500 eritreos católicos que viven en el país.

Sabe que el idioma es el obstáculo que impide conseguir trabajo y aceptación, por lo que utiliza su influencia para realizar cursos y animar a todos los feligreses a asistir a ellos.

“La integración es la clave. Se les debe dar la oportunidad de trabajar y contribuir algo con la nueva sociedad de la que forman parte, de lo contrario, vivirían una vida pasiva basada en beneficios sociales, lo que implicaría un gasto inmenso para todos los suizos que pagan sus impuestos”.
Lo que Zerai considera inaceptable es que algunos eritreos estén alojados en espacios subterráneos dentro de búnkers militares en desuso. “Los conocí en Ginebra y en Lausana, donde organizaban protestas. Cantaban: ‘¡No estamos en guerra! ¡Necesitamos oxígeno!’. Las autoridades me informaron que los búnker eran temporales. Pero al cabo de varios meses, no parecen pensar lo mismo los que viven allí”.
Zerai está celebrando la misa de hoy en ge’ez, el idioma semítico de la Iglesia Católica Eritrea, un idioma que, al igual que el latín, ha caído en desuso. La congregación se compone de unos 40 integrantes, la mayoría terminando la adolescencia y comenzando su juventud, pero cantan con tanta potencia que parecen el doble, mientras responden a la bella voz de barítono de Zerai durante el servicio religioso interrumpido por oraciones e intensas ráfagas de incienso. El canto evoca compases del Cuerno de África y el recuerdo de un país al que probablemente nunca puedan volver.
“Es importante que os preparéis para poder aportar algo a vuestro nuevo país”, les dice Zerai. Es una fuerza unificadora en esta comunidad naciente pero, dice: “Todos sois responsables de vuestro propio destino”. Afirma que Europa también es responsable del destino de miles de refugiados de Siria, Irak, Somalia, Afganistán y de su propio país.

A comienzos de 2015 la Marina italiana suspendió la iniciativa Mare Nostrum, una operación de búsqueda y rescate que había salvado la vida de más de 150.000 emigrantes y que había llevado a 330 traficantes ante la justicia. La misión había recibido críticas de que únicamente animaba a más personas a arriesgar sus vidas para llegar a Europa. Fue reemplazada por una operación mucho más pequeña a cargo de la Unión Europea, llamada Triton, que se concentra en la seguridad de las fronteras.

“Las cifras son cada vez mayores”, afirma Zerai. “Y ahora llegan en embarcaciones de carga, que los traficantes abandonan y quedan a la deriva hasta encontrar tierra. No es la llamada de Europa lo que está atrayendo a la gente; es el conflicto y el terror en sus países de origen lo que los está empujando hacia aquí. ¿Por qué si no se arriesgarían a ser secuestrados y violados y a ahogarse en el camino?”

Después de misa, Zerai comparte bizcocho y té con la congregación; algunos acaban de llegar y aún hay mucha desorientación. Se sientan cerca, disfrutando de su reconfortante calidez.

Uno de los apretones de mano más afectuosos es para Yonas Debesay. Tiene 25 años, se casó con un amor de Eritrea y tiene residencia permanente en Suiza. Yonas ha traído a su hija de dos años, Katarina, a conocer a Papa Mussie.

“Es difícil conseguir trabajo”, dice Yonas, “pero estudié alemán y desde 2011 estoy trabajando como chef en una pizzería en Lucerna. Sí, soy afortunado. Y sin Papa Mussie, miles más se habrían ahogado”.

“Un país civilizado debe dar acogida a los refugiados de manera humanitaria”, comenta Zerai. “Estas personas han venido aquí en busca de libertad, justicia y dignidad”. Ha utilizado su influencia ante ministros italianos y ante la Unión Europea, “pero no veo ningún tipo de voluntad política para llegar a una solución”.

Al menos el Papa Francisco escucha y advierte a la UE de que el Mediterráneo corre el riesgo de convertirse en un “gran cementerio de inmigrantes”.
¿De dónde obtiene Zerai la fortaleza para no enfurecerse ante la intransigencia de los políticos o contener la desesperación al ver cada vez más bolsas de cadáveres arrastradas hasta la costa?

Sonríe con encanto. “La Parábola de Jesús sobre el juez injusto”, dice. “Una pobre viuda se presenta varias veces ante un juez que no tiene ninguna compasión con su adversario. Finalmente, con su insistencia le gana por cansancio y el hombre decide ayudarla. Todo se trata del poder de la oración y de no rendirse nunca”.

Artículo y fotografía publicados en la Revista “Selecciones
TIM BOOUQUET