El camino hacia la misericordia de Dios

La apertura de la Puerta Santa de la Catedral  compostelana nos sitúa ante unas jornadas de preparación intensiva para el inicio del Año Jubilar de la Misericordia, promulgado por el papa Francisco. El trece de diciembre, en comunión con todas las Iglesias particulares de la cristiandad, es la fecha señalada. La ceremonia será muy sencilla y no tendrá parecido con la apertura del Año Santo compostelano. La Conferencia Episcopal Española ha preparado un ritual sencillo que será utilizado en todas la catedrales de España.

El papa Francisco nos propone la necesidad de una Iglesia y un mundo más justo y reconciliado a todos los niveles. Por esto, aunque esta celebración tenga unos efectos colaterales de tipo social y económico, siempre legítimos, el papa nos hace una llamada a ser personas nuevas para construir una cultura nueva: la del encuentro, la solidaridad y la misericordia como camino.

Desde esta Compostela de las peregrinaciones hacemos nuestras las palabras de Francisco: “La peregrinación es también una experiencia de misericordia, de compartir y de solidaridad con quien hace el mismo camino, como también de acogida y generosidad por parte de quien hospeda y asiste a los peregrinos”. De este modo, afirma que volver la mirada a la historia de las peregrinaciones, y a las huellas dejadas por los peregrinos, nos recuerda el compromiso  de la acogida y del compartir, que en la experiencia de la peregrinación se hace consciente itinerario de conversión y alegre práctica cotidiana.

Dios es, antes que nada, un misterio de misericordia hacia sus criaturas y Jesucristo con sus gestos y con toda su persona la mejor expresión de dicha misericordia (Misericordiae Vultus, 1). Por tanto, y desde esta premisa, lo decisivo para la historia humana es acoger, introducir y desarrollar esta misericordia. No basta un nuevo orden de cosas más justo según la visión de justicia que tienen los poderes económicos, políticos y religiosos, casi siempre orientados hacia sus propios intereses. Hay que hablar de justicia, sí, pero de una justicia que nace de la compasión y que introduce en el mundo una nueva dinámica y una nueva dirección. La misericordia lo dirige e impulsa todo hacia una vida más digna para los últimos.

El lenguaje de la misericordia puede ser peligroso y ambiguo. Puede sugerir un sentimiento de compasión y quedar reducido a tener un corazón compasivo, sin el acompañamiento de un compromiso práctico; puede quedarse en hacer obras de misericordia en un momento u otro, sin abordar las causas concretas del sufrimiento y las injusticias; puede entenderse como una actitud paternalista hacia las necesidades de algunas personas sin reaccionar ante una sociedad que funciona de manera inmisericorde.

Para evitar adulteraciones del significado podemos hablar de un principio interno que está en el origen de nuestra actuación, que permanece siempre presente y activo en nosotros, que imprime una dirección a todo nuestro ser y que va configurando todo nuestro estilo de vivir. Para entender mejor todo esto precisamos, en primer lugar, una interiorización del sufrimiento ajeno; dejar que penetre en mis entrañas, en mi corazón, hacerlo mío; de alguna manera, tiene que dolerme a mí. En un segundo momento, ese sufrimiento interiorizado, que me ha llegado hasta dentro, provoca en mí una reacción, se convierte en punto de partida de un comportamiento activo y comprometido. Por último, esa reacción se va concretando en actuaciones y compromisos diversos orientados a erradicar ese sufrimiento o, al menos, aliviarlo. Nada hay más importante. Tendremos que hacer muchas cosas a lo largo de la vida, pero la misericordia ha de estar en el trasfondo de todo. Nada nos puede dispensar. Nada puede justificar la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Por ello, el papa Francisco nos recuerda que siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, por ser fuente de alegría, de serenidad y de paz; la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida; es, en definitiva,  la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre a pesar del límite de nuestra finitud. (Misericordiae Vultus,  2)

Segundo Pérez, deán de la SAMI Catedral de Santiago

Artículo publicado en El Correo Gallego (12/XI/2015)
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