«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré».

Sí, Señor, a veces sentimos tristeza porque nos encantaría sentirte físicamente. Cierto que no hay nada más real que tu Presencia eucarística y que entras en lo profundo de nuestro ser cada vez que comulgamos… pero, ¿quién no ha añorado alguna vez un abrazo tuyo? Confiamos en Ti, Señor. Tú sabes qué es lo mejor para nosotros, aceptamos tu voluntad. Queremos darte siempre el primer lugar en nuestras vidas, que Tú seas de verdad el Rey de nuestras vidas.

Jon Carlo & Rio PoderosoEl Rey de mi vida  https://youtu.be/0s-59c6jysQ

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Estamos en la semana de la Ascensión del Señor. Durante la Pascua, nos sigue acercando la liturgia a los últimos mensajes de Jesús en la Tierra: «Os conviene que yo me vaya… Cuando me vaya, os voy a enviar el Espíritu Santo». Es el tiempo de seguir anhelando el Espíritu, el dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo. Un autor medieval explica la Trinidad con esta imagen: el Padre es la casa, el Hijo es la puerta y el Espíritu Santo es la llave. ¡Qué imagen! Tan sencilla y tan clara. Nos decía Jesús: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias, me voy a prepararos un lugar». Jesús mismo dijo: «Yo soy la puerta». Y, sin el Espíritu Santo, no podemos comprender nada. Nuestras capacidades naturales no son suficientes para comprender las cosas de Dios.

Esta llave se nos entrega en el Bautismo. Podemos entrar en la casa porque somos de la familia: hijos adoptivos del Padre. Se nos da acceso al Padre por Jesús, muerto y resucitado, que subió al cielo y envió su Espíritu. La Iglesia es la esposa que clama insistentemente: «¡Ven, Espíritu Santo, realiza las maravillas del primer Pentecostés!». En los Hechos de los Apóstoles, tras el primer Pentecostés, vemos como sigue llegando el Espíritu Santo a los gentiles, a la vida familiar, a los enfermos, a los presos, a diferentes culturas. Es el Paráclito que nos defiende, nos unge, nos enseña, nos libera. Aquí y ahora, viene y continúa derramándose.

Montse de Javier · Comunidade Caná