¿Evitar el sufrimiento? Sí. ¿Matar a alguien? No

Las fronteras entre las acciones moralmente legítimas y las no legítimas resultan, con frecuencia, controvertidas. Hay muchos elementos en juego: no solo los morales, sino los jurídicos y hasta los puramente emocionales. Y no siempre es fácil distinguirlos adecuadamente.

Una acción tiene unos fines y unos medios queridos o pretendidos, de los que somos plenamente responsables. No basta con que el fin sea moral, sino que el medio (o los medios) que lleva a ese fin ha de serlo también.

Yo puedo buscar un fin moralmente bueno – por ejemplo, que descienda en el mundo el nivel de pobreza – , pero no todo medio es aceptable para lograr ese fin. No cabe eliminar físicamente a los pobres para que deje de haberlos. El sentido moral espontáneo nos dice que “el fin no justifica los medios”.

Es verdad que, a veces, nuestras decisiones tienen consecuencias no pretendidas o queridas. En ocasiones,  hay  “efectos secundarios”, como los que pueden tener las medicinas. Un médico puede juzgar oportuno, para curar al paciente, elegir un medio adecuado – recetarle un medicamento – que, no obstante, puede tener “efectos secundarios”, positivos o negativos. El riesgo que se asume, a la hora de prescribir ese medicamento, ha de ser proporcional al fin que se pretende y a la moralidad del mismo medio, pese a sus posibles efectos secundarios negativos.

Los efectos secundarios no pueden confundirse con los medios de que nos valemos para alcanzar un fin. Administrar una sedación paliativa puede ser moralmente lícito si el objetivo de ese medio es aliviar el sufrimiento de un paciente, incluso corriendo el riesgo – no buscado – de que el paciente se muera antes.

Pero no vale buscar directamente como fin y como medio la secuela – el “efecto secundario” negativo – de una acción. Esto significa que no cabe buscar directamente la muerte de quien sufre para evitarle el sufrimiento. La muerte del que sufre podrá ser, en última instancia, el efecto secundario no deseado del fin noble de evitarle el sufrimiento mediante medios asimismo nobles.
Se trata del clásico “principio del doble efecto”, que indica que hay condiciones en las que no se puede imputar al agente ciertos costes de su conducta. Pero un efecto no buscado no es un medio. Yo no puedo moralmente querer, como fin o como medio, matar a nadie para aliviar su sufrimiento.

El mal que indirectamente, y por medios legítimos y no a cualquier coste, se puede ocasionar, sin pretenderlo, ha de ser proporcional al bien que se busca.
No me imagino a una Unidad de Pediatría de un Hospital, con las leyes que tenemos, obstinándose en el encarnizamiento terapéutico con un paciente. Pero sí me alegro de que los médicos, a veces, sepan distinguir entre fines, medios y efectos secundarios.

No todo vale. Se debe paliar el sufrimiento, pero siempre buscando fines buenos y siguiendo medios conformes a la moral, a la racionalidad humana. Sin atajos.
¿Quién no puede ponerse en el lugar de unos padres afligidos por el sufrimiento de su hijo o de su hija? Todos podemos, en cierto modo. Se comprende. Pero no basta con esto. Claro que será terrible ese trance, pero, por terrible que sea, no siempre justifica una opción. Por ejemplo, la de dejar morir de hambre y sed a un hijo o a una hija.

Es bueno que, a la hora de la verdad, estas decisiones cuenten con un criterio, que no puede ser indiferente ante los sentimientos, pero que tampoco ha de reducirse a ellos.

Guillermo Juan Morado

Artículo publicado en infocatólica.com