«Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna».

Qué dolor para el Corazón de Cristo tener que decir que algunos no son de sus ovejas porque no escuchan su voz… Ojalá nunca tenga que decir eso de nosotros. Ojalá siempre y en todo escuchemos con toda atención y con todo nuestro amor su voz. Y, con ese mismo amor, sigamos sus caminos, creyendo en su Palabra, cumpliendo sus mandatos. Queremos ser fieles a Ti, Señor, como Tú lo fuiste al Padre.

Maite López – Fieles  https://youtu.be/wah1P_wKAP4

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Escribe Raniero Cantalamessa: «Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman” (Rom 8, 28). Todo, nada excluido; por lo tanto, también la pandemia actual. S. Agustín explica la razón profunda de esto: ‘Siendo supremamente bueno, Dios nunca permitiría que existiera ningún mal en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno para sacar el bien del mal mismo’. No alabamos a Dios por el mal que está poniendo de rodillas a toda la humanidad; lo alabamos porque estamos seguros de que podrá sacar bien de este mal, para nosotros y para el mundo. Lo alabamos convencidos, de hecho, de que todo contribuye al bien de los que aman a Dios y, sobre todo, de los que Dios ama. Lo digo temblando porque no sé si yo mismo podría hacerlo en prueba de los hechos, pero la gracia de Dios puede hacer esto y más.

Los mayores milagros del Espíritu Santo no ocurren en respuesta a nuestras súplicas, sino en respuesta a la alabanza. Incluso acerca de los tres niños judíos arrojados al horno en llamas, leemos que «con una sola voz, comenzaron a alabar, glorificar, bendecir a Dios”, entonando la canción con la que la liturgia comienza la oración de Laudes cada domingo y cada fiesta: «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres…» (Dan 3, 51). El mayor milagro de la alabanza es lo que sucede en quienes la practican, especialmente en la prueba, porque muestra que la gracia ha sido más fuerte que la naturaleza. El milagro de Pablo y de Silas en la prisión, y de los tres niños en el horno de fuego, se repite en infinitas formas y circunstancias: liberación de la enfermedad, de la adicción a las drogas, de una condena injusta, de la desesperación, del propio pasado… Probar para creer, fue la sugerencia que el autor de aquel libro hizo a los lectores.

Así que ahoguemos el virus en el mar de la alabanza, o al menos intentemos hacerlo; opongamos a la pandemia, la doxología. Unámonos a toda la Iglesia que en el Gloria de la Misa proclama: «Te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias por tu inmensa gloria». ¡Ninguna súplica, solo alabanza en esta oración!

Montse de Javier · Comunidade Caná