Homilía de monseñor Barrio en la Solemnidad del Apóstol Santiago

Excmo. Sr. Delegado Regio
Hermanos en el Episcopado
Miembros del Cabildo Metropolitano
Autoridades
Sacerdotes, Vida Consagrada y laicos
Miembros de la Archicofradía del Apóstol Santiago
Representantes de las Órdenes militares de Juan de Jerusalén, del Santo Sepulcro y de Santiago
Televidentes y Radioyentes.
Peregrinos llegados a Santiago

La celebración del martirio del apóstol Santiago el Mayor, nuestro Patrono, nos recuerda el Evangelio que nos anunció, en el que estamos fundados y que nos salva, manteniéndonos fieles a él y sabiendo que debe ser buena noticia para los pobres, si no queremos que pierda autenticidad y credibilidad. San Pablo comenta a los Gálatas: “Santiago, Cefas y Juan que eran considerados como columnas de la Iglesia, nos dijeron que debíamos tener presentes a los pobres, lo que hemos procurado cumplir con todo esmero” (Gal 2,10).

La Iglesia, continuadora de la obra de Cristo, “es ese abrazo de Dios en el que los hombres aprenden también a abrazar a sus hermanos, descubriendo en ellos la imagen y semejanza divina, que constituye la verdad más profunda de su ser”[1]. Es portadora de la misericordia de Dios, abriendo “el corazón de los hombres a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado” y nos enseña que nuestro destino sólo se logra con Cristo que manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre la dignidad de su vocación. Esto no lo percibimos si vivimos poseídos de nosotros. Sólo quien se siente peregrino hacia Dios, puede ofrecer esperanza y paz a la sociedad, según el espíritu de las Bienaventuranzas. El hombre tiene que progresar pero sin olvidar el ser hombre.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos refiere la persecución de Herodes que “hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan”.  Santiago fue el primero de los apóstoles en derramar su sangre por Cristo, convencido de que no podía callar lo que había visto y oído (Hech 4,20) y de que Dios es fiel a su palabra. Las persecuciones a muchas personas por el hecho de ser cristianas, perduran en muchas partes del mundo, ante nuestra indiferencia y nuestro silencio.

“Creí, por eso hablé”. Desde la fe hemos de iluminar nuestra realidad, evitando que enmudezca ante las contradicciones del mundo, y dando claridad y firmeza a nuestras actitudes éticas y morales. Dejarse amar por Dios nos mueve a amar a los demás, reconociéndolo “en todos los pobres, en todos los más desfavorecidos, en los pordioseros de pan y de amor”[2]. A la Iglesia, servidora de los pobres, no le es ajeno el sufrimiento de las familias en dificultades económicas a las que no se les ofrece un decidido apoyo, de los jóvenes sin trabajo y sin recursos para formar una familia, de los adultos que ya no tienen esperanza de incorporarse a la vida laboral, de los niños que carecen de un ambiente familiar y social adecuado para poder desarrollarse integralmente, de los ancianos olvidados, de tantas mujeres afectadas por la penuria económica, muchas de ellas víctimas de la violencia doméstica, de los hombres y mujeres del campo y del mar que se han empobrecido al no estimarse “su trabajo y su sacrificio como medio justo de crecimiento personal y colectivo para el logro del bienestar”. No nos cerremos a nuestra propia carne, dice el profeta Isaías, y nuestra propia carne son también los inmigrantes que son “los pobres entre los pobres”. Hemos de preocuparnos especialmente de las más débiles, “venciendo las causas estructurales de las desigualdades y de la pobreza”. Las experiencias habidas nos obligan a preguntarnos por los fundamentos morales de la sociedad, buscando formar personas capaces que, más allá del poder y del tener, asuman los imperativos de la verdad, de la honradez, y del servicio al prójimo para no sucumbir en la codicia y en la ambición. Necesitamos coraje moral para salir de la irresponsabilidad, del escepticismo y de la insolidaridad. No faltan testimonios valientes y humildes.

La vida y la muerte de Jesús han de encontrar eco en la existencia del cristiano, sabiendo que como dice Pablo “cuando soy débil, entonces soy fuerte”. La verdad que se proclama desde una posición de fuerza se oscurece, y corre el riesgo de ser malentendida. Por eso el Evangelio sólo puede ofrecerse “en vasijas de barro”, para que resplandezca en medio de nuestra debilidad, más allá de todo triunfalismo e intransigencia. Sólo puede predicarse con credibilidad desde la cruz, desde la pobreza y desde la libertad, redescubriendo la necesidad de Dios en la vida del hombre, y la exigencia de la espiritualidad para superar una visión puramente material de nuestra existencia.

La petición de la madre de Santiago y Juan y el disgusto de los otros discípulos al descubrir la ambición de aquellos, ofrece la ocasión al Maestro para enseñarles que El no ha venido a ser servido, sino a servir, y que quienes le siguen no deben aspirar a otra cosa que a imitar su ejemplo. En la  Iglesia las palabras-clave no son el poder, la imposición o el dominio, sino la actitud de servicio: “el que quiera ser  grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros,  que sea vuestro esclavo”. La lógica del cristiano, incomprendida por el mundo, es morir para vivir; ser pobre para ser rico; abajarse para ser levantado; ser último para ser el primero; hacerse pequeño para ser grande; perder la vida para encontrarla, recorriendo el camino de la caridad.

El testimonio del apóstol Santiago nos motiva a vivir los  valores del Evangelio, convencidos de que el cristianismo favorece la vida espiritual de las personas y de los pueblos, iluminando la dimensión cultural, social, económica y política para volver a la verdad del hombre. “No se trata de una confrontación ética entre un sistema laico y un sistema religioso, sino de una cuestión de sentido al que se confía la propia libertad”, sabiendo que “no se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre”. Es el modo de transformar nuestra sociedad.

Sr. Oferente, con confianza acollo a vosa ofrenda para poñela no Altar. Amigo do Señor, asiste e protexe ao Papa Francisco, e á Igrexa que peregrina en España para que nos manteñamos fieis a Cristo ata o remate dos tempos. Encomendo coa túa intercesión a todos os pobos de España, de xeito especial ao pobo galego, ás familias para que coa colaboración necesaria se esforcen na nobre tarefa de formar ás xeracións máis mozas, animándoas a construír unha sociedade onde se vivan os principios morais e espirituais, garantía dunha sociedade con futuro. Santo Apóstolo, pídoche polos froitos espirituais do Xubileo extraordinario da Misericordia, “fonte de ledicia, de serenidade e de paz”, que nos dispoñemos a celebrar, e polo encontro europeo da Mocidade en Ávila. Pídoche tamén por aqueles que outros anos celebraron esta solemnidade connosco e polos que perderon a súa vida fai dous anos no accidente de Angrois, confiando que gocen xa da felicidade eterna. Intercede polos nosos gobernantes e por todas aquelas persoas que están ofrecendo os seus mellores esforzos para responder ás esixencias do ben común e construír unha sociedade mellor. Co teu patrocinio, Santo Apóstolo, pido que o Señor bendiga ás súas Maxestades e a Familia Real, e tamén á Vosa Excelencia, Sr. Oferente, á súa familia e aos seus colaboradores. “Astro brillante de España, apóstolo Santiago; o teu corpo descansa na paz; a túa gloria perdura entre nós”. Amén.

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[1] BENEDICTO XVI, Discurso en la Catedral de Santiago, 6 nov. 2010

[2] Conferencia Episcopal Española, Iglesia servidora de los pobres. Instrucción Pastoral, Ávila 24 de abril de 2015, 12.