Houston, tenemos un problema

Desde el 11-S, en los aeropuertos preguntan a lo “bruto”: “¿Llevan droga? ¿Explosivos? ¿Armas? ¿Un cuchillo?…” Nunca olvidaré la respuesta de un viajero socarrón: “Si acaso, la lengua. Creo que es lo más peligroso que llevamos”. La “cuadrícula” mental de la auxiliar de vuelo saltó por los aires con una gran sonrisa.

Para ir a comulgar no se requiere una hoja de servicios inmaculada. Pero sí un mínimo de  honradez interior. S. Pablo concreta más: sin amargura, ira, enfados ni insultos. ¡Gran dicho popular: “Hay que perdoar, que tamén Deus nos perdoou na cruz”! Va en el ADN cristiano: “(…) mi Sangre (…) derramada para el perdón de los pecados”.

Sigue costando ver al Jesús del perdón en el sacerdote. Sus mismas manos consagran y absuelven. “Tres años sin acompañar a Jesús, que se entrega en cada Misa; blasfemar en la grada; chistes que avergüenzan a la esposa; mentiras laborales; marido y padre puestos “a caer de un burro”… ¿Comulgar?”. No se juzga, pero resulta chocante.

Mons. Romero decía que cuando se pierde la fe, se pierde la dimensión divina de Cristo y se ve sólo su carne: “El hijo de José…”; entonces, la murmuración sustituye a la fe. Comulgar significa algo muy fuerte. Los unos viviendo en los otros. Sintiendo juntos. Unidos a la ofrenda de Jesús, al pie de la Cruz. Intimidad radical. Solidaridad “a muerte”. Una confianza así, absoluta, significa una disposición a admitir fallos, pedir perdón y enmendarse.

El “acuchillarnos” sólo produce “trozos de carne”, sueltos, ensangrentados. No una ciudad de hermanos, pendientes unos de otros, llena de alegre música, que destila amor y paz por sus sólidas e inexpugnables murallas.

Manuel Blanco
Delegado de Medios
de Comunicación Social