En este Viernes de Dolores, las lecturas de la Eucaristía nos sitúan ante lo que podríamos considerar prólogo del gran misterio de Semana Santa. San Juan nos relata cómo los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús y cómo este les indica que hace las obras de su Padre: “Aunque no me creáis a mí, creed a las obras”, dice. Y en el salmo que se proclama tras la primera lectura, afirmamos que el Señor es nuestra fortaleza, nuestra roca, nuestro alcázar, nuestro libertador. Y es que, Jeremías nos había dicho que los enemigos del Mesías “tropezarán” y no podrán con él.

Son todas palabras de esperanza, de confianza plena en el designio salvífico de Dios, aunque a veces no alcancemos a vislumbrar el “triunfo” de un Cristo torturado, flagelado y muerto en la cruz. Y efectivamente, el sacrificio de Jesús, entregado a quienes le habían considerado su “enemigo”, sería absurdo si no se viese culminado, plenificado, por la Resurrección. El misterio pascual solo se entiende a la luz de la glorificación del Hijo que, libremente, se ha entregado por nosotros.

La tortura de la cruz tiene sentido como medio, no como fin. Por eso las expresiones populares de nuestra fe, de tanta tradición y hondura en Galicia y en todas las tierras de España, esas procesiones que recorrerán nuestras rúas y plazas, mantienen vivo su poder de convocatoria como manifestaciones de esperanza pascual, de alba de Domingo de Resurrección. Esos pasos y esas cofradías expresan en artística armonía una teología popular que, como el maestro Mateo en su Pórtico de la Gloria, pone rostro a lo inefable.

En la ciudad alemana de Münster, muy castigada en la II Guerra Mundial por los bombardeos, la destrucción provocó que la talla de un Cristo quedase sin brazos. Al reconstruirse el templo, se decidió no restaurar el Cristo y dejarle sin brazos. A su lado, una oración explica el porqué de esta decisión: “Cristo no tiene manos, solo tiene nuestras manos para hacer hoy su trabajo…”.

La Semana Santa no es, en efecto, el reconcentrarse en el “dolorismo”. Es prestar nuestros brazos, como hacen los cofrades, para acercar a Cristo a quien lo espera todavía sin saberlo.