Ir tras Jesús

  • Y se transfiguró ante ellos; brilló su rostro como el sol y sus vestiduras se pusieron fulgurantes como la luz (Mt 17,2; cf Mc 9,3; Lc 9,29)

 Nos interesa conocer el momento -el marco- en que tiene lugar el misterio de la Transfiguración del Señor. Nos ayudará a captar mejor lo que pretende la Iglesia al ponerlo ahora –en el tiempo de Cuaresma—a nuestra consideración.

Jesús había elevado el nivel de exigencia de sus seguidores. Entonces decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga (Lc 9,23). Y quien desee seguirle debe librar un serio combate: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán (Lc 13,24). Y les habla claramente de lo que le espera, de su destino doloroso y del camino de la cruz: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho…, ser ejecutado y resucitar a los tres días (Mc 8,31; Mt 16,21; Lc 9,22). Además, se escandalizan de él al presentarse a sí mismo como «el Pan de Vida»: …si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53). Por este planteamiento doctrinal de Jesús, dice San Juan que: Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y no volvieron a ir con él, ya no le seguían (Jn 6,66); «sin clientela», los mismos apóstoles no dejan de sopesar si valió la pena haberlo dejado todo por seguirle, incluso el mismo Pedro se le opone…

En este contexto de abandono, incomprensión y desánimo en «ir tras Jesús» se sitúa el pasaje del misterio de la Transfiguración. Y como «al todo se va por la parte»; para entusiasmarles, el Señor se lleva al Tabor sólo a tres: Pedro, y los hermanos Santiago y Juan; en aquel entonces, algo que contase con tres testigos era prueba de veracidad.

Lo que allí ocurre –aparte de que, como enseña santo Tomás de Aquino, se manifiesta «toda la Trinidad; el Padre en la voz, el Hijo en el Hombre, el Espíritu en la nube luminosa»,  aparecen Moisés y Elías, representantes de la Ley y los Profetas,  que testifican sobre él—, en Jesús, no es propiamente un milagro; más bien milagro constante era lo contrario, que la Humanidad de Cristo velaba –escondía—su Divinidad. Por ley de la Encarnación, milagro era que –permanentemente– en Jesús Hombre no se viese a Dios. Allí, en lo alto del monte, Jesús deja que la gloria que le pertenece como Dios se le traspase también al cuerpo. Allí, quiso descorrerles el velo de su Humanidad, para manifestar en sí su «claridad soberana», un poco de la Luz de su Gloria, anticiparles el «resplandor de su divinidad»… Y lo que queda claro de este misterio es que la pasión del Señor es querida por Dios.

Ahora en Cuaresma también la Madre Iglesia eleva a sus hijos el nivel de exigencia; y, por si nos asusta la cruz: la penitencia, las privaciones, la renuncia, trae a colación la escena evangélica de Jesús transfigurado; se nos presenta ya ahora la gloria anticipada del Señor, y el camino para gozar de ella —per áspera ad astra–, ya que para entrar en el reino de Dios es necesario pasar por muchas tribulaciones (Hch 14,22). Pero vale la pena «ir tras los pasos de Jesús». Y si esta exigencia nos desanima y nos hace «bajar la guardia», se nos ofrece la «dedada de miel» de lo que nos espera al final: la inmensa alegría de la Pascua del Señor y la esperanza de nuestra propia resurrección.

El Padre Dios es quien nos dice: ¡Escuchadle!, ¡seguid a Jesús que va camino de su Pascua!, ya que él transfigurará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso (Flp 3,21).

En el umbral de la Pascua la cruz de cada día –no lo olvidemos- trae una visión anticipada de la Resurrección, de la Ascensión y de la Venida gloriosa del Señor. Así nos lo enseña la santa madre Iglesia: «La Transfiguración de Cristo tiene por finalidad fortalecer la fe de los apóstoles ante la proximidad de su Pasión» (cf CCE nn. 554-556.568).

Jomigo