La clausura, una vocación radical

ABC recoge en un convento de Madrid testimonios de mujeres que decidieron elegir la vida monástica

De todos los estados de vida que hay en la Iglesia, la vocación de la vida contemplativa es sin duda la más especial. El propio origen de los monasterios marca la radicalidad de esta opción, que surgió a partir del siglo IV cuando el cristianismo dejó de estar perseguido. Entonces el martirio era considerado casi «la autentificación de la fe». Esa forma de concebirlo empujó a las comunidades cristianas a buscar otras maneras de dar la vida, dando lugar a las primeras colonias de eremitas, cuyo estilo de vida era llamado la «martiria blanca».

Con ese trasfondo se ha cultivado durante siglos la vida monástica. «La persona que la elige es de alguna manera expresión de esa radicalidad del seguimiento de Jesús. Dar enteramente su vida por Dios y por Jesucristo», explica a ABC el padre Ángel Moreno, capellán de una comunidad monástica y vicario episcopal para la Vida Consagrada de la diócesis de Sigüenza.

Separación del mundo

Desde sus inicios, la vida contemplativa ha implicado además una separación del mundo para facilitar el recogimiento exigido por la espiritualidad. «La vida en clausura es tan fuerte que, si la persona que ingresa en ella no tiene una rectitud de intención, o se rompe o se marcha», recuerda el padre Ángel. Por eso las comunidades religiosas y el propio Código de Derecho Canónico establecen un largo proceso para que una aspirante a la vida contemplativa llegue finalmente a profesar los votos solemnes. «Desde que una postulante ingresa en un monasterio hasta que está en condiciones de solicitar la profesión solemne no pasan menos de cinco años, y además la comunidad religiosa vota si acepta su solicitud», explica el padre Ángel.

Los años de discernimiento no impiden, sin embargo, que algunas religiosas opten por dejar el monasterio con el paso del tiempo, como ha ocurrido esta semana con tres monjas de la India que vivían en el convento de las Mercedarias Descalzas en Santiago y que, según una denuncia, estaban supuestamente «retenidas». «Nunca un monasterio es un gueto cerrado que pasa todo lo que pueda pasar dentro del muro sin que nadie tenga la posibilidad de acercarse a esas vidas que están dentro», afirma el padre Ángel. Esa es la realidad que este sacerdote ha podido constatar después de acompañar durante años a monjas de clausura.

«Buscaba la felicidad y la encontré aquí, porque si uno no está feliz es porque no está en su sitio»

Aunque a primera vista la vida monástica «pueda parecer durísima, la realidad es que las personas que la viven suelen ser entrañables y la llevan con toda naturalidad», recuerda a ABC el profesor de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra Jorge Miras.

Y así es. Las clarisas del monasterio de la Inmaculada y San Pascual son una buena prueba de ello. ABC ha visitado su convento en pleno corazón de Madrid para conocer de primera mano cómo es la vida dentro de sus muros. «La jornada está muy organizada. La oración, el silencio y el trabajo vertebran toda la vida monástica», comenta sor María Victoria detrás de las rejas del locutorio del convento, que solo atraviesa en contadísimas ocasiones, cuando sale para ir al médico o visitar a su familia.

De origen keniata, esta monja de 28 años ingresó en la orden hace siete. «Cuando llegas aquí dejas atrás toda la vida mundana. Solo tienes a Cristo como la única riqueza. El silencio, la contemplación y la oración te ayudan a concentrar la atención en las cosas de Dios. Buscaba la felicidad y la encontré aquí, porque si uno no está feliz es porque no está en su sitio», asegura esta joven, una de las ocho religiosas extranjeras que tiene el convento.

«Agradecida a Dios»

Entre las más veteranas de esta comunidad integrada por veinte religiosas se encuentra también sor María del Carmen. A sus 85 años, y después de 67 en el monasterio, esta hermana se siente «agradecida a Dios» por su vocación. «Puedo decir que no me he arrepentido ni un solo día de estar aquí, pese a las alternativas que tiene la vida y las crisis que desaniman». Para estas religiosas, rezar por los sufrimientos del mundo y también por «los despistados que no se han enterado aún de que de Dios venimos y a Dios vamos» colma de sentido sus vidas, como sostiene sor María del Carmen.

La jornada en cualquier monasterio arranca muy temprano. Las clarisas de San Pascual se levantan a las seis de la mañana. Los cistercienses de la estricta observancia son aún más madrugadores, ya que a las cuatro y media ya están en el coro para la oración. Otros, como los benedictinos, lo hacen un poco más tarde, entre las cinco y media y seis. Todos empiezan el día con la celebración de la Eucaristía o el rezo comunitario de la Liturgia de las Horas, que se compone de siete oraciones distribuidas a lo largo de la jornada.

«Si ofendemos a alguien, pedimos perdón antes de que acabe el día»

Además de la oración, están las horas de refectorio, es decir, de las comidas. Los cartujos comen juntos solo los domingos, mientras que el resto de los institutos monásticos suelen compartir los desayunos, los almuerzos y cenas, pero siempre en silencio. «Es la educación que tienen monjas y monjes de vivir en ese desierto», explica el padre Ángel. El día se completa con los espacios de recreo o convivencia. Los cartujos, por ejemplo, salen un día a la semana del monasterio y hacen cuatro horas de marcha. Las clarisas de San Pascual dedican un rato después de la cena a conversar un rato.

La convivencia es como la de cualquier familia. «Cada uno es de nuestro padre y de nuestra madre. Si ofendemos a alguien pedimos perdón antes de que finalice el día, y cuando llegan los momentos difíciles, como la enfermedad de alguna de las hermanas, estamos como una piña», señala sor Nieves, otra religiosa clarisa que lleva en el convento medio siglo.

Según el monasterio, los monjes y monjas llevan una vida más solitaria o más comunitaria. Los cistercienses, benedictinas e incluso las clarisas tienen «una expresión comunitaria más notable», mientras que las carmelitas «llevan su vida más en su celda y el trabajo lo realizan en soledad». Los benedictinos y cistercienses, además, tienen como muy característica la hospitalidad.

Artículo publicado en ABC (30/01/2016) | LAURA DANIELLE  |  Foto: ISABEL PERMUY