La Iglesia va hacia afuera

A raíz del primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, se suscitó una discusión en la comunidad cristiana de Antioquía sobre si,  para ser buen cristiano, era o no necesario circuncidarse y cumplir la Ley Mosaica. Pablo y Bernabé acudieron a Jerusalén y se reunieron allí con los otros Apóstoles. Del Concilio tenido allí, salió un documento, que enviaron a Antioquía por medio de Judas Barsabas y Silas. Se habían limitado al mínimo de exigencias respecto de la Ley: abstenerse de la idolatría, de alimentarse de sangre (por considerar que en ella estaba la raíz de la vida, la cual pertenecía solo a Dios) y de las uniones ilícitas.

La lectura del libro del Apocalipsis, nos muestra a la Jerusalén celestial, que aparece llena de resplandor. Tiene una gran muralla, con doce puertas, custodiadas por otros tantos ángeles, con los nombres de las doce tribus de Israel. Tiene además doce cimientos, con otros tantos nombres, los de los Apóstoles del Cordero. No hay en ella otro templo, que no sea el propio Dios, y el Cordero. Esa ciudad no necesita luz, porque la ilumina la gloria de Dios, siendo su lámpara el Cordero.

El Evangelio de hoy, ofrece palabras de Jesús, recogidas en los Sermones de Despedida, del Maestro en la Última Cena, tal como señala San Juan, en su Evangelio. Considera Jesús que la demostración del verdadero amor hacia él, radica en guardar su palabra. En ese caso, el propio Padre amará a quien ame a su Hijo, y vendrá a él la Santísima Trinidad, para establecer en él su morada. De ese modo, el que ama a Jesús será “templo de Dios”. Antes de marchar, Cristo promete que el Padre les enviará en su nombre el Espíritu Santo, para que les enseñe todo y les confirme en lo que Jesús les haya dicho. Finalmente concede a sus discípulos su paz, una paz distinta de la que el mundo ofrece.

José Fernández Lago