La vida consagrada hoy: signo de contradicción

“…luz para iluminar a los pueblos…” Lc 2,32

El pasado 2 de febrero, Jornada de la Vida Consagrada, se clausuraba un Año dedicado a mirar el pasado de la Vida consagrada con gratitud, vivir el presente con pasión y abrazar con esperanza su futuro.

En la celebración eucarística de ese día, las palabras del anciano Simeón son una síntesis perfecta de la persona y de la misión de Jesús: “luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo”. Jesús será “causa de caída y de elevación para muchos”, con su luz vence a la oscuridad y esto va a ser “signo de contradicción”.

Las personas consagradas, insertadas ya desde el bautismo en la vida divina y la misión de la Iglesia, son las que responden a esta vocación bautismal de una forma más radical y exclusiva, haciendo de su vida una identificación total con la vida y la misión de Jesús.

La radicalidad, una de las necesidades de nuestro tiempo

Al igual que Jesucristo, en las palabras del anciano Simeón, también la vida consagrada es un signo de contradicción en el mundo. Es amada e incomprendida, buscada y marginalizada.

En nuestra sociedad marcada por el relativismo y la mediocridad, necesitamos la radicalidad evangélica demostrada diariamente por la vida consagrada a través de las personas y sus obras. La mediocridad en la vida cristiana, que no se puede aceptar, tiene necesidad del testimonio de la vida consagrada, que es un don para la Iglesia y para la humanidad. También en la vida consagrada brilla el amor de Dios a la humanidad a través del testimonio de tantos hermanos y hermanas.

Separación del mundo, pero presencia en el mundo

Los cristianos debemos agradecer al Señor el don de la vida consagrada en la Iglesia universal, en las iglesias locales y en el mundo.

Paradójicamente su consagración al Señor les separa de los hombres. En cambio, esta separación les hace mantenerse cerca de la gente, porque la vida consagrada testimonia la presencia de Dios en la humanidad a través de su presencia, sus institutos y los carismas de sus fundadores. Con su humanidad tienen dentro al Señor y pueden manifestarlo en la historia humana y en la obra de evangelización de la Iglesia.

Cuando se consagran al Señor, a través de la profesión de los consejos evangélicos, obediencia, pobreza y castidad por el reino de los cielos, manifiestan que no hay ninguna realidad humana capaz de saciar definitivamente el corazón. Esta entrega total y definitiva a Dios convierte a la persona consagrada en un “signo de contradicción”, porque su modo de pensar y de vivir con frecuencia está en contraste con la lógica del mundo, como se presenta casi siempre en los medios de comunicación social.

Reflexiones a partir de los hechos que afectaron a las Madres Mercedarias descalzas

Las informaciones aparecidas en distintos medios de comunicación relativos a unos hechos que afectaron a la Comunidad de Madres Mercedarias Descalzas han vuelto a poner de relieve que la sociedad española es tremendamente injusta con los religiosos. Y, a pesar de eso, ahí están las comunidades de vida contemplativa, dedicándose exclusivamente al Señor, testimoniando la fascinación de la verdad de Cristo y la alegría que brota del amor a él. En la contemplación, están dispuestas a proclamar y testimoniar una vez más que Dios es Amor, que es dulce amarlo.

Este caso, y otros muchos que seguramente a partir de ahora ocuparán amplio espacio en los medios de comunicación de nuestro país, muestran una vez más una espiral preocupantemente creciente de intolerancia religiosa. En medio de una cultura de pensamiento único, y de políticas verdaderamente sectarias no hay derecho a que los cristianos del siglo XXI tengamos que pedir permiso para profesar nuestras convicciones religiosas, en una sociedad que proclama a voz en grito los derechos de una adolescente a abortar, el derecho al consumo de drogas, el derecho a hacer con el propio cuerpo lo que se quiera, o la exigencia de reducir la voz de la Iglesia a las sacristías con el fin de que no entre a formar parte del debate público, y, por el contrario, considere trasnochado o fuera de la realidad este género de vida.

Ante esta situación de intolerancia, los cristianos no podemos permanecer indiferentes. Ciertamente habrá quien no la conoce; habrá quién conociéndola, cree que no es grave; e incluso habrá quien cree que la manera de que el fenómeno no se agrave es mirar para otro lado, hacer como que no existe, pero, sinceramente, sería un error. La intolerancia religiosa en todas sus formas hay que denunciarla con valor y con claridad.

En el fondo, la amplificación mediática de las noticias relativas a la Iglesia en general, y a la vida consagrada en particular, es un ataque contra la vivencia cristiana y su derecho a manifestarse como tal, en medio de una sociedad secularizada, en la que dominan los valores pragmáticos y utilitaristas. Seguramente, a partir de ahora, desde algunos partidos políticos y plataformas ideológicas, se continuarán una y otra vez recibiendo caricaturas, críticas, ataques dialécticos contra todo lo que no sean los valores del materialismo reinante. Frente a esta postura, los cristianos respetamos a quienes ven las cosas de otra manera. Sólo pedimos libertad y respeto para vivir de acuerdo con nuestras convicciones, para proponer libremente nuestra manera de ver las cosas. Y, ciertamente, nos gustaría poder convencer a todos de que creer en Jesucristo, es garantía de humanidad y de libertad, fuente de vida y de esperanza para quienes se acercan a Él sin prejuicios y con confianza.

La belleza de la vida contemplativa

La vida contemplativa es necesaria e importante especialmente en esta etapa de oscurecimiento de Dios, como ineludible contribución a la transmisión-confesión de la fe cristiana en nuestro mundo actual, para hacer presente a Dios en un mundo que lo necesita, porque sin Él no tiene futuro. Los monasterios y conventos de vida contemplativa nos recuerdan que solo en diálogo con Dios aprendemos a entender a los seres humanos. Con su vida muestran a un Dios que es Amor. Solo desde este Fundamento se entiende la vida consagrada y el testimonio de su entrega a Cristo pobre, obediente y casto, que anuncia entre nosotros “unos cielos nuevos y una tierra nueva”.

Andrés Fernández Farto
Director del ISCCR