Lecciones de los Reyes Magos: Hemos visto salir su estrella, y venimos a adorarlo (Mt 2,2)

Hace tiempo leí un profundo escrito de un catedrático: «Los Reyes Magos son verdad»; quise buscarlo en el ordenador y me encontré con profusión de entradas, y videos sobre esto mismo: ¡Son verdad! Sí, efectivamente, puesto que aparecen en el Evangelio y en la liturgia de la Iglesia, podemos decir que nihil hoc verbo veritatis verius, nada hay más verdadero. ¡Por esto, todos debemos no sólo creer en ellos, si no, también, imitarles!

La Epifanía, o sea: manifestación de Cristo a los Magos a través de la luz de una estrella, es celebración que es como el ápice y el cierre de la Navidad. Originalmente, tuvo en la liturgia un contenido y una complejidad múltiple: Epifanía era manifestación referida no sólo al Nacimiento de Cristo, sino también al Bautismo del Señor y a su primer milagro en Caná.

Son Magos, es decir hombres sabios, religiosos, gentiles –que la tradición llama Reyes, porque son pioneros de todas las gentes que vendrán ante Jesús, y porque «se postrarán ante Ti, Señor, todos los reyes de la tierra» (Sl 72,11)–; eran, sin duda, estudiosos de notables tradiciones sapienciales en las que la humanidad entera buscaba, con un gran deseo, al desconocido Creador y Señor de todas las cosas. Por esto nos viene bien seguir sus pasos, ya que nos dan sabias lecciones. Ante el nacimiento del Mesías: lo buscan, lo encuentran, lo adoran y le ofrecen sus dones.

Tal «sabiduría» los llevó a seguir a la estrella que los llamaba desde lo alto. También, en sus corazones «destelleó» esa luz que les empujaba a salir y pisar la inhóspita arena de los desiertos tras el Salvador, que es Luz de Luz y Lumen gentium.

Llegan ansiosos en la búsqueda del Mesías. Preguntan, indagan, perseveran. Al encontrarlo se llenan de inmensa alegría. Y, aunque el Niño no da muestras exteriores de su realeza, los vemos prosternarse ante Él –con la proskýnesis–, que es el homenaje que se rinde al Dios-Rey: arrodillados le adoran como Rey de reyes. También nosotros hemos de aprender de ellos a arrodillarnos ante Jesús, el Dios escondido en esa Humanidad, que se quedó «con cara de Pan» en la Eucaristía. Y, cuando de hinojos mostramos esa actitud con nuestro «empequeñecimiento», percibimos que también nos llama a «altos vuelos» a través de la estrella de la fe.

Hoy, aquí –en esta festividad– hemos de repetirle que no queremos volver la espalda a su divina llamada. Decirle que no queremos apartarnos nunca más de Él. Que quitaremos de nuestro caminar todo lo que sea un estorbo para encontrarle y serle fiel…

Así debe ser nuestra fe, como la de los Magos, recia y bien enraizada en «la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva con Dios» (Es Cristo que pasa, 32)

Y, «abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra», con los que aciertan a definir al Niño como Rey, Dios y Hombre. Así, nos enseñan a no ir a Jesús con las manos vacías. El Señor –que está constantemente presente en su esposa la Iglesia– necesita, también constantemente, de nuestros generosos presentes, que en estas latitudes –y en este tiempo– se contabilizan en euros…

Los Reyes Magos llegaron al Mesías por seguir la estrella…, «se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al Niño con María, su madre». Nosotros, para ir a Jesús, la tenemos a Ella, —Stella matutina, Stella maris, Causa nostrae laetítiae–, la Estrella de la mañana, la Estrella del mar, la Causa de nuestra alegría.

Jomigo