«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud».

Señor, no es suficiente una eternidad para darte gracias por tu Amor por nosotros. Por tanta Misericordia, por tantas bendiciones como nos das, por tantos detalles llenos de ternura y compasión. Tu Amor por nosotros nos llena de gozo y alegría. Que todo el mundo sepa qué es lo que hace feliz nuestra vida, para que también se quieran llenar de Él.

Estación Cero, con AthenasLo que me hace feliz  https://youtu.be/LCB5nQR_F6c

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Tenemos un camino que recorrer hasta Pentecostés. es un camino que se recorre con la escucha, la súplica, la petición del Espíritu Santo y la Palabra que la Iglesia nos pone cada día. Una Palabra llena de promesas, alegría, paz, esperanza, fe, amor, confianza, morada, unión; promesas que encierran una gran Promesa: «Cuánto más vuestro Padre os dará el Espíritu Santo...» (Lc 1, 13). He aquí el paso sublime y arduo: pasar de pedir cosas, a pedir y desear el Espíritu Santo; pasar de algo, a Alguien que está deseando darnos su Vida, su Presencia. Pasar del afán por las muchas cosas («Marta, Marta, tú te afanas…» Lc 10, 41), a la única necesaria. «Vuestro Padre ya sabe lo que necesitáis» (Mt 6, 32).

Entonces, simplemente, hagámonos presentes al Padre, aceptemos el encuentro. El está ya contando nuestros cabellos, nuestras lágrimas… Y nosotros, sus hijos, nos tenemos que alegrar con el Padre que nos lo ha dado todo en el Hijo. En este camino hacia la venida del Espíritu Santo es preciso hacernos niños contentos y confiados. ¡Ya basta de argumentos, de explicaciones, de intercambiar ideas! ¡Intercambiemos alegría: la sencillez y la alegría de los cristianos! La Iglesia necesita gente contenta. Se busca un hombre feliz, una mujer feliz con su boca llena de bendición, de acción de gracias, de alabanza como el Magníficat o el Benedictus.

La imagen de este camino a Pentecostés es la de un niño que corre con los brazos extendidos porque ha visto que su papá se acerca; corre alegre hasta él porque sabe que el papá lo cogerá en brazos y lo levantará; y, desde ese lugar, contemplará el mundo… ¡Sin miedo, en brazos de su Padre!

Montse de Javier · Comunidade Caná