Miñortos, Nuestra Señora de los Desamparados, Pardiñas

Fue quizá por aquel «no temas» que pronunció el ángel de la anunciación. Lo cierto es que, a partir de entonces, María afrontó la vida con increíble fortaleza y se convirtió en el símbolo de las «madres-coraje» de todos los tiempos.

Está claro: también ella tuvo que vérselas con el miedo.

Miedo de no ser entendida. Miedo de la maldad de los hombres. Miedo de no lograrlo. Miedo de la salud de José. Miedo de la suerte de Jesús. Miedo de quedarse sola…

¡Cuántos miedos!

Si no existiera, habría que levantar un santuario a la «Virgen del miedo». En sus naves nos guareceríamos todos un poco. Porque todos, como María, nos sentimos sacudidos por ese sentimiento humanísimo que es la señal más clara de nuestro límite.

Miedo del mañana. Miedo de que pueda terminar, sin previo aviso, un amor cultivado durante muchos años. Miedo del hijo que no encuentra trabajo y ha superado los treinta. Miedo de la suerte de la pequeña de casa, que llega siempre pasadas las doce de la noche, incluso en invierno, y no se la puede decir nada porque responde mal. Miedo de la salud que declina. Miedo de la vejez. Miedo de la noche.

Miedo de la muerte…

Pues bien, en el santuario levantado a la «Virgen del miedo», ante ella convertida en la «Virgen de la confianza», cada uno de nosotros encontraría fuerza para seguir adelante, descubriendo los versículos de un salmo que María musitaría quién sabe cuántas veces: «Aunque camine por un valle oscuro, nada temeré, porque tú estás a mi lado…». Virgen del miedo, por tanto. Pero no de la resignación. Porque nunca ella dejó caer sus brazos como señal de que cedía, ni los alzó con gesto de rendición. Sólo una vez se rindió: cuando pronunció el «sí» y se consideró prisionera del Señor.

Desde entonces reaccionó siempre con determinación increíble, yendo contra corriente y superando dificultades inauditas que hubieran paralizado las piernas del más audaz. De la incomodidad del parto en la clínica de un establo, hasta la expatriación forzosa para huir de la persecución de Herodes. Desde los días amargos de asilo político en Egipto, hasta el momento de conocer la profecía de Simeón cargada de presagios cruentos. Desde los sacrificios de una vida pobre en los treinta años de silencio, hasta la amargura del día en que cerró para siempre el taller del «carpintero» perfumado de pintura y de recuerdos. Desde las apreturas del corazón que le ocasionaban algunas noticias que circulaban en relación con su hijo, hasta el momento del Calvario, cuando desafiando la violencia de los soldados y la carcajada de la plebe, se plantó intrépidamente al pie de la cruz.

Difícil prueba la suya. Señalada, igual que la del hijo moribundo, por el silencio de Dios. Una prueba sin escenografías y sin merma de sufrimiento, que explica aquella antífona que canta la liturgia del viernes santo: «¡Vosotros que pasáis por el camino, deteneos y ved si hay dolor como mi dolor!».

 

Santa María, mujer intrépida, hace algunos años, en una célebre homilía pronunciada en Zapopan, México, Juan Pablo II esculpió el monumento más hermoso que el magisterio de la Iglesia haya elevado jamás a tu orgullo humano, cuando dijo que tú te presentas como modelo «para quienes no aceptan pasivamente las circunstancias adversas de la vida personal y social ni son víctimas de la alienación».

Por tanto, tú no te resignaste a sufrir la existencia. Combatiste.

Afrontaste los obstáculos a cara descubierta.

Reaccionaste ante las dificultades personales y te rebelaste ante las injusticias sociales de tu tiempo. Es decir, no fuiste la mujer, sólo de casa e iglesia, que ciertas imágenes devotas querrían establecer para siempre. Bajaste a la arena, e hiciste frente a los peligros, convencida de que tus privilegios de madre de Dios no te ofrecerían islas peatonales capaces de preservarte del tráfico violento de la vida.

Por eso, Santa María, mujer intrépida, tú que en las tres horas de agonía al pie de la cruz absorbiste como una esponja las aflicciones de todas las madres de la tierra, concédenos una porción de tu fortaleza. En nombre de Dios, vengador de los pobres, alimenta los movimientos de rebelión de quien se siente pisado en su dignidad.

Alivia las penas de todas las víctimas de las vejaciones. Y consuela el llanto escondido de tantas mujeres que, en la intimidad de su casa, son sistemáticamente oprimidas por la prepotencia del varón.

Inspira también la protesta de las madres laceradas en sus afectos por sistemas de fuerza e ideologías de poder.

Tú, símbolo de las mujeres inasequibles a la lógica de la violencia, guía los pasos de las «madres-coraje» para que se rebelen contra la cobardía de tantos silencios cómplices.

Baja a todas las «plazas de mayo» del mundo para confortar a los que lloran a sus hijos «desaparecidos». Y cuando suena la diana de guerra, convoca a todas las hijas de Eva, para que se planten a la puerta de casa e impidan a sus hombres salir, armados como Caín, en busca de hermanos para matarlos.

Santa María, mujer intrépida, tú que en el Calvario, aunque sin morir, conquistaste la palma del martirio, anímanos con tu ejemplo a no dejarnos derribar por la adversidad.

Ayúdanos a llevar las alforjas de las tribulaciones cotidianas no con alma de desesperados, sino con la serenidad de quien sabe que le guarda Dios en el cuenco de su mano. Y si se nos insinúa la tentación de terminar con todo porque no podemos más, acércate a nosotros. Siéntate sobre nuestras aceras desconsoladas. Repítenos palabras de esperanza.

Y entonces, confortados con tu aliento, te invocaremos con la oración más antigua escrita en tu honor: «Bajo tu protección buscamos refugio, santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas de quienes pasan por esta prueba y líbranos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita». Así sea.

mons. Tonino Bello, obispo de Molfetta