«También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Hay veces que en la vida caemos, que las cosas no van bien y nos inunda una profunda tristeza. A veces la cruz pesa… Pero el Señor nos promete que estará con nosotros hasta el fin del mundo. Él viene a vernos, a acompañarnos en nuestras tristezas y cruces. Y entonces ocurre: Dios nos mira y nuestro corazón se llena de alegría. Y nada ni nadie nos la podrá quitar. Esperamos en Ti, Señor, porque sabemos que en Ti y de tu mano todo irá bien. Con el poder de tu Amor, todo lo podemos, Señor.

CelinésMe levantaré  https://youtu.be/oyA2uLVRp6w

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Hay una relación muy estrecha entre la alegría y la esperanza. Mientras el optimismo nos hace vivir como si las cosas fueran a arreglarse pronto, la esperanza nos libera de la necesidad de predecir el futuro y nos permite vivir el presente con la confianza profunda en que Dios nunca nos dejará solos, sino que colmará los deseos más profundos de nuestro corazón. En esta perspectiva, la alegría es fruto de la esperanza. Y ambas se pueden vivir en medio de las dificultades, enfrentados a la vida y a la muerte, a dichas y desdichas. A nuestros dolores, Jesús los llama «dolores de parto». Dice: «La mujer cuando está de parto se siente angustiada porque ha llegado su hora; pero cuando ya ha dado a luz al niño, no se acuerda más de la angustia por la alegría de que ha nacido un hombre en el mundo» (Jn 16, 21). Es el grano de trigo que muere para dar vida. Es la cruz que se convierte en árbol de vida y salvación para el mundo entero.

Este discurso es el que nos comparte Jesús antes de Pentecostés: Tengo que marcharme y enviaros el Espíritu Santo, para que vuestra vida sea abundante, para que vuestra alegría sea plena, para que me conozcáis y para que yo esté ya siempre con vosotros. El mundo nos habla cada día de depresión económica y guerras; nos recuerda las dificultades, las penurias, «la evolución de la pandemia»… El gran desafío de la Fe es dejarnos sorprender por la confianza y la alegría que vienen de Dios; hacerlo -quizá- a través de la sencillez y la ternura de una madre con su hijo recién nacido en brazos.

¡Ven, Espíritu Santo! ¡Inúndanos! ¡Danos la alegría que nada ni nadie nos podrá quitar!

Montse de Javier · Comunidade Caná