«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no turbe vuestro corazón ni se acobarde»

Hay tantas cosas a las que damos poder para turbarnos y quitarnos la paz… Sí, digo bien, a las que damos poder. Nuestro Dios es un Dios todopoderoso, un Padre que nos invita en su Palabra a no tener miedo porque Él está con nosotros hasta el final de los tiempos. ¡Él nos ama con locura! Descansemos nuestro corazón en Aquel que es la PAZ verdadera, la única paz.

Vuelta en U Mi esperanza  https://youtu.be/F0PVKRcHfX8

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

Paz es otro de los nombres de la Resurrección. Cristo, cuando se aparece a sus discípulos, utiliza la palabra Shalom, que era un saludo familiar para todo israelita: una expresión de deseo de todas las bendiciones; un don de Yahvé que encierra todos los dones; una condición de plenitud que se realiza por medio de una íntima comunión con Yahvé. El Resucitado, pues, trae la paz. Y se trata -bien entendido- de Su paz. Lo había dicho antes de la pasión: «Os dejo la paz, os doy la paz. No os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27).

Como de la alegría, también de la paz se puede decir que existen en el comercio de dos tipos. Una es precaria y provisional o superficial; y otra es la paz y la alegría que vienen del Espíritu del Resucitado. Nos cuenta un sacerdote: «A veces, vienen y me dicen: Padre, me han hecho perder la paz. Yo respondo: Si los otros se han llevado tu paz, es porque no era verdaderamente la paz de Jesús, era una paz construida de tranquilidad, de falta de conflicto. Ellos se han llevado algo que tú no poseías en plenitud». Demasiadas veces, nuestra paz está construida con materiales poco sólidos. Los otros nos dan confianza, nos halagan, valoran nuestro trabajo, nos muestran aprecio… y nosotros vivimos en paz. Parece que todo marcha a la perfección. Esta paz dura mientras todo va bien.

Ahora, en este presente, es tiempo de abrirnos a la Paz de Jesús, para que nuestro corazón no se turbe ni se acobarde. Y mirándole a Él, solo a Él, mantengámonos firmes en la barca, con renovada esperanza, con el corazón pacificado, con la alegría del Resucitado que nadie nos podrá arrebatar.

Montse de Javier · Comunidade Caná