Miradas 33

Trigésimo tercer día de confinamiento. Me levanto y, como cada día, abro los periódicos digitales para comprobar los devastadores efectos de la pandemia. A las puertas del fin de semana las cifras oficiales nos colocan cerca de los veinte mil fallecidos por el covid-19. Pero ya nadie oculta que son datos poco creíbles y que el número de víctimas es mucho mayor. La realidad es tan gigantesca que la verdad se va colando por los costurones del edificio monolítico que ha querido construir el Gobierno para camuflar sus deficiencias. Mientras tanto, los mensajes buenistas continúan invadiendo la publicidad y los programas televisivos. Todos ellos hablan de unidad, de que superaremos esto todos juntos, de que saldremos de esta tragedia convertidos en poco menos que ángeles…

La mayor parte de nuestra sociedad necesita mensajes optimistas, precisa recibir “energías positivas”. Mientras tanto, los debates entre los líderes de los partidos parlamentarios y las discusiones entre ciudadanos siguen polarizadas y, a mi juicio, de momento se demuestran irreconciliables. Una de las consecuencias más evidentes de esta pandemia es que perpetúa, e incluso endurece, la división interna que hay en España entre lo que se denomina izquierda y  derecha. Casi nadie parece dispuesto a hacer la más mínima autocrítica ni a aceptar un gramo de responsabilidad. Tengo para mí que, siempre en líneas generales, importa más el triunfo de la ideología propia que la suerte de los ciudadanos que están sufriendo esta catástrofe humanitaria.

Reconozco que estoy quedándome sin palabras. Y, sin embargo, es evidente que la Iglesia tenemos mucho que decir, mucha luz que compartir para entender este drama. ¿Es posible darle un sentido que sea aceptable para nuestros hermanos ateos o indiferentes? Creo que no sólo es posible sino imprescindible. La Iglesia siempre hemos sido capaces de traducir la Verdad a las civilizaciones en las que se ha inculturado. Pero es un reto muy difícil porque estamos obligados a recurrir a categorías teológicas que se le escapan al común de nuestros conciudadanos. A veces incluso a los que nos decimos cristianos.

Será precisa mucha humildad. Recordar que cuando algo nos supera es bueno reconocerlo. Admitir que no podemos controlarlo todo, que siempre hay realidades que se colocan por encima de nuestro poder humano. Aquí tropezamos con la gran tentación. No aceptamos de buen grado perder el control de nuestras vidas. Nos resistimos a abandonarnos a algo tan intangible como es Dios, a su silencio, a su impenetrable misterio.

Aquí creo que la Filosofía nos ofrece un valioso punto de enganche. Desde el “conócete a ti mismo” socrático podemos enseñar a nuestros hermanos a hacer silencio, a superar ese miedo a la soledad, a la ausencia de ruido y a la introspección que padecemos. Enseñarles a que conozcan y acepten sus debilidades. Enseñarles que Dios los ama incondicionalmente en esas mismas debilidades, que los ama tal y como son. Al fin y al cabo, amamos sólo si tenemos la experiencia previa de ser amados. Pero antes de todo eso habrá que arrodillarse ante el Misterio para intentar comprender.

Antonio Gutiérrez