Miradas 8

Séptimo día de confinamiento. Suena como un mantra adormecedor, pero en realidad su persistencia, casi machacona, tiene que despertarnos la conciencia al proceso de conversión que se nos reclama a los bautizados siempre y en todo lugar, pero de un modo especial en Cuaresma. Es una conversión urgente. Si amamos a la Iglesia (obra del Espíritu Santo), estamos obligados a ser testigos creíbles del Evangelio de Cristo. Estamos llamados a evangelizar a tiempo y a destiempo, a preparar los caminos para la Pascua. Y en la dictadura que imponen hoy las redes sociales, ese imperativo es ya categórico. Y ello a sabiendas del magro nivel de éxito que vamos a tener. Esta certeza no es pesimismo. Es Evangelio.

Un día más la Palabra viene a iluminarnos. Para los que a veces nos sentimos tentados por el taimado diosecillo del prestigio y el triunfo social, el evangelista Juan nos recuerda hoy que hasta el mismo Dios hecho hombre reconoció que “un profeta no es estimado en su propia patria” (Jn 4,44). Es normal. ¿a quién de nosotros le gusta que se le afee una conducta, que se le corrija un defecto, aunque sea fraternamente?

En el Evangelio de hoy se nos recuerda también que la fe es confianza en un Dios fiable, esperanza cierta contra toda esperanza. Porque sabemos de Quién nos fiamos. De nuevo Jesús nos alerta contra ciertas tentaciones peligrosas que suelen surgir en el seno del pueblo creyente en tiempos de incerteza y que confunden fe con magia, oración con manipulación de Dios. Jesús nos pregunta: “¿Si no veis signos y prodigios, no creéis?” No somos mejores que los coetáneos de Jesús. Y si muchos de ellos no creyeron aun viendo a Dios hacer milagros, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Es posible creer en el Evangelio en medio de esta sociedad rica, aunque rodeada de pobres?

Rotundamente sí. No sólo es posible creer, sino que es necesario compartir con esta sociedad el norte vital que nos proporciona el Evangelio a los creyentes. Vivimos rodeados de sinsentido. El gran drama de muchos de nuestros vecinos es que no le encuentran sentido a la existencia más allá de la frivolidad del consumismo textil o viajero.

Nos hemos creído el discurso materialista con el que nos bombardean a diario las dos ideologías políticas imperantes. La una niega la dimensión espiritual y reduce al hombre a simple materia. La otra lo reduce todo también a economía y considera que sólo valemos mientras somos capaces de producir. Ambas son ideologías anti humanistas. Ambas son enemigas del Evangelio porque conocen el peligro que la Palabra liberadora de Dios representa para sus menguados intereses. Por eso es tan imprescindible ser testigos creíbles de ese mensaje. Porque sólo desde la credibilidad podremos decirle algo a nuestros hermanos no creyentes o indiferentes. Dios ha puesto en nuestras espaldas una enorme responsabilidad. Y tengo para mí que en el Juicio final nos lo demandará.

Antonio Gutérrez