Momento Blanco, en Cope: a modo de «reparación»

Junto a su hermano Juan se dedicaba a la pesca en el mar de Galilea. Su padre se llamaba Zebedeo y recibirá una especie de apodo: “boanerge”, es decir, “hijo del trueno”. Jesús depositó en él una especial confianza, como demuestran: su presencia privilegiada en la resurrección de la hija de Jairo, su participación en la oración de Getsemaní o en la Transfiguración.

Para evitarle la orfandad de la ausencia corporal de su Maestro, la Virgen María le adoptó como a un hijo. Quizás por eso Ella le asistió y le confortó, como sólo saben hacer las madres, cuando se vio desamparado en la Península al predicar el Evangelio. A estas tierras trajo la fe y, desde hace tiempo, “cartiños”, que llegan por su camino, la Ruta Jacobea.

Fue el primero de los apóstoles en pagar con su vida el amor a Jesucristo. Tal vez alguien no le ha perdonado aún semejante arrojo. Cuando los peregrinos nos enriquecen con su dinero, su compañía, su cultura, su historia milenaria, su fe o su solidaridad, Santiago Apóstol crece en consideración. Como la ciudad que lleva su nombre; y sus gentes.

Al igual que nuestra Diócesis, orgullosa de albergarle.

Manuel Ángel Blanco
(Cope, 16 de febrero 2018)