Momento Blanco, en Cope: desconectar

Desconectar no resulta fácil. Los móviles y el bombardero de información extinguen los pocos paraísos incomunicados que quedan. Necesitamos separarnos del ritmo frenético y ver las cosas con perspectiva. Cristo no dudó en formar parte del mundo con su Humanidad; los cristianos también aman el mundo, aunque sin ánimo de mundanizarse, como eructando, o limpiándose la espuma de los labios con la manga, después de un trago de cerveza. Lo espontáneo, de ordinario, no siempre es lo más digno.

Una mentalidad productiva, empresarial, consideraría el desconectar como algo egoísta y una pérdida de tiempo. Sin embargo, trae frutos provechosos. El deportista, cuando se aísla de todo, se concentra en su objetivo. La mamá que desaparece del comedor, regresa con la tarta, cargada de alegría, cantando «feliz, feliz en tu día». El chófer, que se escabulle en busca de una cabezadita reparadora, asume luego el volante en plenitud de facultades.

El propio Jesús buscó el desierto. Su Padre llenaba cualquier vacío. Allí, los auténticos amigos descubrían su verdadero rostro, sin trampa ni distracción. A Jesús lo imaginan de múltiples maneras: como un «meigo»; como un sueño «riquiño»; como un utópico; como el «manitú» de la imaginación humana… Eso sí: sólo le reconoceremos desconectando. Ese silencio pone delante al Dios de carne y hueso que nos da todo su amor.

Manuel Ángel Blanco
(Cope, 10 de marzo de 2017)