«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Qué hermoso el evangelio de hoy… ¡Cómo nos sales al encuentro, Señor! ¡Cómo te abajas a nuestra pequeñez para hacernos entender y elevarnos a Ti! ¡Cómo nos muestras que tu paciencia y tu Misericordia son eternas, y que siempre estarás con nosotros para explicarnos tu Palabra y hacerla VIDA en nosotros! Sí, Señor, arde nuestro corazón cuando nos hablas, cuando a través de la Escritura te reconocemos y reconocemos nuestra propia historia de amor contigo en sus páginas. Como los discípulos de Emaús, queremos dejar atrás todo temor y toda lágrima, y abrirnos a la alegría de tu Resurrección. Hoy te decimos: ¡No quiero nada ni nadie que no seas Tú!

AlfarerosNadie que no seas Tú  https://youtu.be/c83pkpT2Axk

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

La aventura que les tocó en suerte a los dos de Emaús es paradójica. Creo que no le ha sucedido nunca a nadie el narrar al presunto difunto su muerte y hacerle la descripción de sus propios funerales. «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Son nuestros discursos. Los discursos de muerte hechos al que vive, al Viviente. Un triste elenco de derrotas, desilusiones, amarguras… desgranado delante del Vencedor. Un negro cuadro de la situación presentado ante Aquel es la Luz del mundo. Cleofás y el otro discípulo -que somos tú o yo- iban demasiado centrados en lo que sentían y en una experiencia negativa, para reconocer al desconocido que se pone a caminar con ellos. Esto nos puede estar pasando ahora, en esta situación de confinamiento. No dejes que tu interior se llene de oscuridad, porque entonces no reconocerás al que es la luz. Vino a los suyos y los suyos no le reconocieron. No dejes que tu interior se llene de soledad, porque entonces no advertirás al discreto compañero que camina contigo. No dejes que tu interior se llene de desesperanza, porque entonces no reconocerás que Cristo es tu única esperanza.

Hoy, todavía no sabemos leer los acontecimientos a luz de la Fe. Debemos estar atentos al Caminante que se pone a explicarnos las Escrituras, que se pone a hacer camino con nosotros y que ha decidido quedarse en medio de nosotros. Sí. ¡Ha decidido quedarse! Nos espera en la cita con lo imprevisible. Él ha decidido quedarse y nosotros debemos saber «reconocerle». Pascua es el don de la luz. Pero es un don que se recibe… con los ojos. Cuando Jesús llegó, «el mundo no lo reconoció» (Jn 1, 10). Ahora, que ha decidido quedarse, el pecado por excelencia es el de los «ojos cerrados». Para reconocerle debemos abrir los ojos de la Fe.

Montse de Javier · Comunidade Caná