¡No temas!

El miércoles 11 de marzo, refiriéndose a la crisis planetaria del Coronavirus, el Papa Francisco instó a los fieles de todo el mundo a enfrentar la situación con 3 actitudes:  Fortaleza, Responsabilidad y Esperanza. Hoy queremos detenernos en la primera palabra: FORTALEZA.
La Palabra que Dios dirigió a su pueblo en un momento de prueba particular, la sentimos hoy dirigida a nosotros: «¡No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu…! -dice el Señor de los ejércitos-» (Zac 4, 6). Esto no nos exime de poner en juego todos los recursos humanos y las precauciones, pero nos asegura que no estamos solos en la lucha. Dios, ahora más que nunca, es el Emmanuel, Dios con nosotros; porque estamos en la prueba. En un momento como este, nosotros también clamamos a Jesús como los apóstoles en la tormenta: «Señor, ¿no te importa que perezcamos?». Él espera nuestro grito para que su intervención sea el fruto de su gracia y de nuestra fe.
Allí donde estés, El Espíritu Santo te unge con su don de FORTALEZA: Jesús no te va a dejar… Él es el Enmanuel. ¡El auxilio me viene del Señor, que hizo el Cielo y la Tierra… y cuanto contiene! Aunque aparentemente estamos aislados -confinados-, somos en realidad un Pueblo Fuerte, Pueblo de Dios que camina en medio de la prueba. En esta dirección apunta el testimonio de Chus Villarroel,  sacerdote dominico en una Parroquia de Madrid, zona 0 de la crisis del COVID-19. Esta experiencia -como otras que iremos compartiendo- nos afianza en la fe, invocando al Espíritu Santo para que venga a nosotros con el don de Fortaleza:

«En esta parroquia desde donde escribo somos cinco sacerdotes. Los dos más “jóvenes” atienden al culto. Los demás ayudamos, si es el caso, y si no, contemplamos “como se viene la muerte, tan callando”. Cada uno de nosotros hacemos nuestras cosas que nos mantienen vivos y alegres en la brecha. Yo, que soy el mayor, con 85 años, pensé que estos quince días serían de hibernación, pero me he puesto a escribir esto y me vitaliza sintiéndome muy cerca de todos vosotros.

Si alguno me pregunta cómo estoy viviendo estos acontecimientos le diría que lo vivo a dos niveles: uno a nivel sanitario con bastante preocupación porque pienso que puede llegar a ser más de lo que imaginamos. Aquí constato la humillación de una civilización que ha gastado millones de palabras en autoglorificarse, a la que todo esto le parecía impensable hace nada y que se ve acorralada. Nuestro cacareado estado de bienestar por los suelos. Evidentemente pienso que no tardaremos en encontrar una solución científica la que acogeremos, espero, con algo más de humildad de la que exhibe la progresía timbalera que nos rodea.

El otro nivel es el espiritual y en este disfruto mucho. En la vida normalmente no se tiene tiempo y sosiego para un prolongado retiro de esta índole. Lo de ahora no es retiro, es más, es confinamiento, con la policía a la puerta de casa por si se te ocurre intentar alguna aventura. Además de este apartarse del ajetreo ordinario que siempre ha sido bueno para la meditación, mi situación interior es propicia para plantearme las cosas con cierta profundidad.
Parto del hecho de que uno no tiene nada que no haya recibido. Por lo tanto, la vanagloria y el mérito personal están fuera de este discurso. Uno puede dar testimonio sabiendo que el que ha obrado y sigue obrando es el Señor. Siendo esto así, ¿cuál es mi situación? Para empezar confieso que tengo miedo al Coronavirus. Aquí estamos cinco curas, todos en edad de riesgo y algunos, por patologías previas. Hasta ahora todo va bien. Ni siquiera hemos cerrado la iglesia.

Uno de mis miedos es qué hacemos si uno de los cinco cae en la pandemia. ¿Qué podemos hacer los otros cuatro? ¿Le echamos de casa o nos vamos nosotros? Pero, ¿adónde nos vamos? Trataremos de cuidarnos y rezaremos. De momento hacemos estas reflexiones con deportividad y nos reímos mucho. Si llega el caso, no sé lo que pasará; lo que tengo claro es que os lo contaré.

Os confieso que estoy viviendo en paz este trance. Sea esto dicho con mucha humildad dada la fragilidad personal. Hace muchos años recibí como un don la experiencia del Espíritu Santo y cada vez me ilumina más. Con su luz no solo veo sino que siento mi vida destinada a la resurrección después del paso de la muerte que no puede estar muy lejana. Nunca pensé que vendría de un Coronavirus, pero todo puede ser. La figura que emerge triunfante en mi corazón es la de Jesús resucitado, y la de la Virgen que me ha prometido que en el último trance me dará la mano.»

Por eso… ¡No temas!  

365 veces se repite en la Biblia ese clamor lleno de Amor y Misericordia, de ternura y compasión de nuestro Dios: ¡No temas, que yo estoy contigo!

No tengamos miedo a amar y dejarnos amar… porque ¡Dios está con nosotros!

No tengamos miedo a tener esperanza y dar a otros esperanza… porque ¡Dios está con nosotros!

No tengamos miedo a sonreír abiertamente, a reír a carcajadas, porque ¡Dios está con nosotros!: “No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa” (Isaías 41, 10).

Hoy celebramos a San Cirilo de Jerusalén. Escuchemos sus palabras: “Caíste en las redes de la Iglesia: con vida serás cogido; no huyas, es Jesús quien te ha echado el anzuelo, y no para destinarte a la muerte, sino para, entregándote a ella, recobrarte vivo”.

No temas a entregarte hasta el extremo, ¡pues es vida, y vida eterna, lo que te espera!

Jaime OlguínNo temas (Si aún no lo ves)
https://youtu.be/5NsZD3SjlA0

Elena Fernández Andrés   www.facebook.com/elenaclara.fernandez  www.instagram.com/nomadasdelespiritu  https://twitter.com/poverellacm

 

Fuente: Montse y Javier · Comunidade Caná