Poniéndole música a la vida con el delantal

Elvira López Boo acude cada jueves y sábado a hacer de pinche, dirige un coro y está aprendiendo a tocar el piano

Hoy cumple 75 años y puede presumir, ella no lo hace, de que lleva la tercera parte de su vida ayudando a los demás. «Hay más gente que yo que es voluntaria que también merece salir», apunta una esquiva Elvira. Insistimos. Ella es, junto a Nita, la más veterana de los ochenta voluntarios que acuden cada semana a echar una mano en la cocina del comedor de Cáritas Interparroquial de Arousa (Vilagarcía). Cuando empezó iba casi todos los días, pero la enfermedad de su marido, que falleció hace tres años, la apartó temporalmente de los fogones. Acabó volviendo porque, para bien y para mal, ayudar forma parte de su forma de ser y de vivir. «No puedes arreglar el mundo pero sí puedes ayudar a mejorarlo. En vez de criticar y juzgar, la gente debería ayudar más. Todo el mundo debería pasarse por aquí alguna vez para conocer la realidad», dice.

No puede evitar que las lágrimas corran por sus mejillas cuando inicia el relato de sus vivencias. «Pasé momentos muy duros». Se refiere a los años noventa, cuando la estela de miseria que deja la droga se alargaba hasta el comedor social. «Pasaron tantos jóvenes por aquí… De lo que más me acuerdo es de sus madres, que venían con la foto preguntando por ellos porque no los veían por casa. Lo peor es que se sentían culpables. Pensaba, si me pasara a mí, que tenía hijos… Siempre me pongo en lugar de los padres». Algunos de aquellos chicos lo superaron y otros se quedaron por el camino. «Me acuerdo mucho de un chico que me dijo ?Elvira tengo los anticuerpos, cómo voy a ir a casa así?», le contaba. Así que el chaval decidió acabar con sus huesos en la cárcel y no paró hasta conseguirlo. «Rompió un escaparate y esperó dentro a que la policía lo detuviera. No quería tomar el tratamiento y se murió en la cárcel», relata esta mujer nacida en Pasajes, criada en A Pobra y afincada en Vilagarcía desde jovencita. Elvira coge un pañuelo de papel para secarse los ojos. «Es que pasó muchas», apunta desde la otra esquina del cuarto Paco Fernández, el presidente de Cáritas. En su biografía se colaron muchas historias dramáticas, algunas también con final feliz. Como no sentirse orgullosa de haber propiciado que aquella joven que apareció un día en el comedor, macuto en mano y empapada pidiendo un techo, haya conseguido salir del infierno de la droga y formar su propia familia. O de esos chavales a los que les custodiaba las medicinas, que hoy, curados, la paran por la calle para saludarla cariñosamente.
A Elvira la pillamos pelando patatas y lavando verduras para el cocido, haciendo de pinche porque, ahora, las cocineras son otras. Ella ya cocinó mucho. «Empecé sustituyendo a Mila. Al principio no me atrevía porque una cosa es cocinar para los de casa y otra hacerlo para tanta gente, pero vino mi marido a ayudarme y ya me quedé. Y pasaron trece años. «Siempre cociné como si fuera para mis hijos» y, por lo que cuenta, no lo hace mal. En su anecdotario no falta aquel que se quedó prendado de su arroz a la cubana o el que le hizo una reseña en una publicación por unas maragotas guisadas con guisantes que debían de estar de vicio. «Tuvo suerte, ese día nos trajeron pescado fresquito del puerto. No era un transeúnte, era una persona que estaba evaluando los comedores sociales o algo así, y dijo que el de Cáritas de Vilagarcía tenía fama de dar muy bien de comer. Yo creo que sí, aquí se come muy bien», comenta.

Elvira vio nacer y crecer al comedor social. «Al principio esto era una ruina, ahora con las ayudas y eso estamos muy bien». En su descomunal despensa no falta de nada. «En Navidad somos todos muy buenos», dice con un atisbo de ironía. También ha cambiado la gente que acude a buscar un plato de comida caliente. «Antes había más drogadictos, alcohólicos y gitanillos. Ahora viene de todo, gente como tú y como yo que, con la crisis, quedó sin nada. Y después también hay muchas personas mayores que tienen su pensión no contributiva y que están solas». Por allí pasan a las dos de la tarde entre 50 y 60 personas a diario, a mayores de los que acuden al tomar el café del desayuno y a recoger la bolsa de la cena. En Cáritas no cierran festivos ni fines de semana -en Nochebuena y en Nochevieja tampoco falta la comida, con menú especial gentileza del taller de Hostelería de A Lanzada- así que hay que organizarse bien y hacer turnos.

A ella le tocan las cenas de los jueves y los sábados y se lamenta porque no tiene tiempo para más. Y es que también dirige el coro parroquial de Sobradelo, canta en la coral de esta parroquia, es catequista y está aprendiendo a tocar al piano. Sí, el piano, confirma ante mi cara de sorpresa. Después de haber pasado un par de años por la escuela de música, ahora sigue aprendiendo por libre, en casa, a los pocos. Esta mujer, que tanto puede enseñar de tantas cosas, mantiene el espíritu curioso y las ganas de aprender. «Aquí me hice mejor persona, más tolerante, no sé como decirte, más comprensiva. Sufrí mucho pero también recibí mucho». Tiene su familia, formada por cuatro hijos, y tiene la familia de Cáritas, donde todo el mundo la conoce y donde conoce a todo el mundo. «Nunca nadie me faltó al respeto y siempre me trataron con cariño». Como para no quererla.

«Antes había más drogadictos, alcohólicos y gitanillos. Ahora viene de todo, gente como tú y yo que, con la crisis, quedó sin nada, y personas que están solas»

«Sufrí mucho pero también me hice mejor persona. En vez de criticar y juzgar, la gente debería pasarse por aquí para conocer la realidad»

Fuente: Bea Costa | La Voz de Galicia