«En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas. Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo.»

Qué importante tiene que ser este mensaje para que Jesús nos lo dijera gritando. Y aun así no nos enteramos… ¡Jesucristo es la luz del mundo! ¡Jesucristo ha venido a salvar el mundo! Muchos aún piensan mal de Dios. No nos callemos los que conocemos el Corazón de Dios. ¡Anunciemos a los cuatro vientos su Amor! Envíanos, Señor, a ser sal y luz.

Maxi LarguiSal y luz  https://youtu.be/Eosehf6PWPc

Elena Fernández Andrés · https://twitter.com/poverellacm

 

«Vosotros sois la sal de la tierra. Si la sal se desvirtúa, ¿con qué se salará?» (Mt 5, 13). En el mundo antiguo la sal era muy valiosa. Jesús nos compara con la sal, con fuerza, con sabor. Jesús duplica la metáfora de la sal con la de la luz, como suele hacer a menudo juntando dos sentidos distintos: el gusto y la vista. La sal no tiene sabor, nadie come sal; pero, al diluirse, enriquece el sabor de la comida. La luz no se ilumina a si misma, no luce para sí, sino para iluminar las cosas y los rostros. La lámpara no se pone en el candelero para ser admirada, sino para dar luz a los de la casa. La humildad de la sal y de la luz: no atraen la atención sobre sí mismas, no se ponen en el centro, sino que dan valor a lo que se encuentran. Lo mismo ha de ser la humildad de los discípulos del Señor, la humildad de la Iglesia; no deben dirigir la atención sobre sí mismos, sino sobre el pan y sobre la casa común, sobre el inmenso campamento de los hombres y mujeres y su hambre de pan y de sentido. ¡Qué tiempos tan maravillosos para que los seguidores del Resucitado seamos sal y luz! Hay como un movimiento descendente, como un perderse de la luz sobre las cosas y de la sal dentro de ellas. Recuerda a la imagen de la levadura en la masa. Movimiento descendente de encarnación que continúa. Observo la acción de la luz: no violenta, acaricia las cosas y hace emerger los colores y la belleza. Observo la sal: mientras permanece en su paquete, encerrada en un cajón de la cocina, no sirve para nada; su finalidad es salir y perderse para hacer mejores las cosas; se da… y desaparece. Iglesia que se disuelve y enciende, que desprende sabor y belleza. Si me encierro en mi yo, aún adornado de todas las virtudes, y no participo en la existencia de los demás, si no soy sensible y no me abro a los demás, puedo no tener pecados, pero vivo en una situación en la que no realizo el encargo de mi Señor. ¡Anunciemos a Cristo Resucitado que envía el Espíritu Santo para que no falte la sal y la luz a la humanidad!

Montse de Javier · Comunidade Caná