Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo

“Tomad y comed, esto es mi Cuerpo”. “Tomad y bebed, esta es mi Sangre”.

Estamos en  el año de la Misericordia y nos resuenan las palabras del Evangelio de San Mateo “venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”, y nos vienen a la memoria las Bienaventuranzas: “Benditos los hambrientos, porque ellos serán saciados”, y el canto de María: “A los hambrientos los colma de bienes”. ¿De qué hambre y de que pan o alimento se trata?

Sin duda que si el prójimo tiene hambre o sed, no se puede espiritualizar ni sublimar la circunstancia, y debe haber una respuesta histórica, real, práctica de compartir los bienes.

Pero si Jesús, en la noche de la Cena, expresa de manera exacta la respuesta a las obras de misericordia, a la vez que se entrega enteramente en el pan y en el cáliz, dar de comer y de beber no solo se limita a dar pan o agua, sino a darse uno a sí mismo.

Es relativamente cómodo dar una limosna, dar de lo que se tiene; pero mirando al gesto de Jesús, la exigencia y la vocación cristianas implican dar la vida. El hambre y la sed son imágenes de lo que es necesario para vivir, y con ello se nos está pidiendo la entrega total en favor de los que pueden sufrir no solo hambre física, sino desesperanza, sinsentido.

La adoración de las especies sacramentales compromete; en el pan y en el vino consagrados se nos muestra y se nos entrega Jesucristo hecho ofrenda, sacrificio, a la vez que resucitado.

La contemplación de las especies sacramentales nos llama a sentir en el sacramento que miramos la llamada a darnos como pan, como alimento, bien en extrema necesidad, bien en fiesta y banquete. No solo como respuesta de emergencia, sino como actitud permanente, pues el Señor permanece allí, en las especies sacramentales.

Hay dos pasajes en los Evangelios en los que Jesús se muestra con sed y con hambre. Ante la samaritana (Jn 4), Jesús expresa su sed. Sin embargo, no es sed de agua, pues quien pide de beber se presenta como manantial de agua viva. Y en vísperas de su Pasión, a la vuelta de Betania, donde había pasado la noche en casa de sus amigos, dice el evangelista san Marcos, que “sintió hambre” (Mc 11, 12-13). Extraña que volviendo de la casa de sus amigos, donde era agasajado con tanto amor, el Maestro sintiera hambre, y aún más que se acercara a una higuera a ver si tenía higos, cuando no era tiempo de que  llevaran fruto. Estas escenas nos hacen comprender que el hambre y la sed de Jesús, y de tantos otros, no es solo material, sino hambre y sed de amor, hambre y sed de darse enteramente por amor.

Comer y beber del Sacramento Eucarístico, es convertirse en aquello mismo que se recibe, y por tanto, en hambrientos y sedientos que se transforman en donantes generosos, que se dan enteramente a sí mismos.

Ángel Moreno