Tregua de Navidad

Aunque la Navidad no está de moda, y su dulzura se desvanece entre los símbolos de un laicismo impostado, siento una necesidad irrefrenable de recuperar la tregua de Navidad. Hace siete siglos, cuando la gente era tan ruda e inculta que solo sabía hacer catedrales, traducciones de Aristóteles, Divinas Comedias, universidades de Oxford, Códigos de las Siete Partidas, cantares de amigo y misas gregorianas, toda Europa -globalizada en la Cristiandad- aprovechaba la Navidad para envainar las espadas y bajar de los adarves. Y, libres de toda violencia, abrazaban a amigos y enemigos, se reunían en las iglesias a cantar la gloria de Dios, y, mientras hacían sus inconstantes promesas de ser mejores, gastaban en fiestas, caritativamente compartidas, sus más preciados manjares.

Aunque el mundo sigue lleno de guerras, refugiados, enfermos y hambrientos, nosotros, los que vivimos en el primer mundo, no tenemos armas para rendir, ni hambre para saciar. Pero mucho me temo que, arrebatados por un frenesí de estereotipos sociales, y obligados a simular alegrías cuyo sentido ignoramos, también necesitamos una tregua que nos permita recuperar sentidos y valores, frenar demagogias y travestismos políticos, y ordenar con claridad nuestras creencias -¡todo el mundo cree en algo!- y nuestros íntimos deseos. Y hasta llego a pensar que todo iría mejor si, en vez de viajar hacia ninguna parte, volviésemos a las iglesias a escuchar cantatas de Bach, oratorios de Haëndel o humildes panxoliñas infantiles, dejando que revivan los recuerdos y afloren las promesas que vamos a incumplir. Pero las cosas no van por esos vericuetos. Porque ya quedamos muy pocos que, sin miedo a parecer antiguos, meapilas o fundamentalistas, nos atrevamos a decir que hoy es Nochebuena, que hemos instalado el nacimiento en nuestras casas y que estamos dispuestos a vivir un día distinto a todos los demás.

También somos pocos los que, criticando las luces que celebran la nada, las felicitaciones que carecen de motivo, o los viajes que suenan a obligación fastidiosa, estamos dispuestos a confesar que, lejos de celebrar la semestral paradiña del Sol, recordamos al Niño que nació en Belén, que, como quien no quiere la cosa, cambió nuestro mundo, lo llenó de belleza, nos enseñó el amor a los enemigos -«porque a los amigos -dijo- los ama cualquiera»- y nos regaló un fundamento de vida moral que se recupera siglo tras siglo de todos los desastres.

Yo también pensaré, esta noche, que algo grande debió de pasar hace dos mil años para que esta cultura que todas las modernidades quisieron enterrar haya sobrevivido a guerras y revoluciones, al positivismo científico, a los laicismos programados y a la incredulidad profesionalizada. Después volveré, como todo el mundo, a las andadas. Pero tendré la firme esperanza de una nueva Navidad.

Xosé Luis Barreiro Rivas

Artículo publicado en La Voz de Galicia