La devoción a Santa Eufemia en San Andrés de Barciela (Sigüeiro)

El día 16 de septiembre, muchas parroquias de la archidiócesis compostelana veneran en sus templos a la gloriosa mártir Santa Eufemia. Su culto está muy arraigado en la parroquia de San Vicente de Vilouchada, en Trazo, donde cuenta con un importante santuario. De ahí se irradió hacia la zona de Bergantiños, ya que sus devotos, debido a la distancia del camino, decidieron comprar una imagen para la parroquia de Rus (Carballo) a mediados del siglo XIX, obra de Juan Brocos. De Rus pasó la devoción a San Pedro de Valenza (Coristanco), donde la imagen de la Santa mantiene ciertos rasgos heredados del escultor Francisco Rodeiro. Posteriormente, los fieles de la parroquia de Santa María de Bértoa (Carballo) compraron una talla en el taller del escultor compostelano Vilariño, que sería el autor de muchas más imágenes para el templo. Del mismo modo, la devoción ya se encontraba afianzada en la iglesia de Santiago de Arteixo en aquel siglo XIX, pudiendo leerse que la primera romería se celebró en 1839. También en Barbeiros, en Oza (Teo), la festejan con solemnidad. Otro punto cercano a la capital donde se la venera con especial devoción es en la parroquia de San Andrés de Barciela, en Sigüeiro. Pero, antes de abordar este caso, conviene aportar algunos datos sobre la protagonista.

Santa Eufemia nació en la ciudad de Calcedonia hacia el año 289, hija de Filofronio y Teodora, pertenecientes a la alta jerarquía social de la urbe. Ya desde su infancia, Eufemia destacaba por sus grandes virtudes, por lo que pronto decidió consagrarse a Dios y guardar siempre la castidad. Pasados varios años, como era costumbre, se convocó en aquella población una fiesta dedicada al dios pagano Ares, en la cual el procónsul Prisco ordenó que todos los ciudadanos debían participar con sus ofrendas y sacrificios. Nuestra Santa, como es natural, declinó la invitación y prefirió apartarse de estas celebraciones para no ofender a Dios.

Como su ausencia era notable en los actos, sus enemigos la denunciaron. Fue arrestada y juzgada posteriormente por el simple hecho de ser cristiana. Se negó a aceptar los halagos que le prometían por renunciar a su fe, por lo que fue sometida a varias torturas, desde el fuego hasta los azotes con varas y peines de hierro. Finalmente, fue llevada a un recinto donde fueron soltadas varias fieras, leones y osos, que terminaron con su vida, aunque respetaron con veneración su propio cadáver. Su alma entró a formar parte del coro de los bienaventurados el 16 de septiembre del año 303.

Su sepultura fue engalanada y sobre ella se construyó una suntuosa basílica, que se convirtió, a los pocos años, en un centro de peregrinación al que concurrían muchos cristianos de Oriente. En esta iglesia tuvo lugar el famoso Concilio de Calcedonia, en el año 451, donde se definió que Jesucristo estaba compuesto de dos naturalezas, una divina y otra humana. En el bando contrario, la facción monofisita afirmaba que en Cristo solo había una naturaleza, la divina, postura que fue tachada de herejía.

La resolución de este debate, que causó grandes disputas en el momento, vino de la mano de Santa Eufemia. Ambas partes escribieron en sendos rollos lo que pensaban sobre las naturalezas de Jesús y, posteriormente, introdujeron en el sepulcro de la Santa sus documentos, a la espera de un milagro. A los tres días abrieron el arca, previamente precintada, y encontraron el credo monofisita a los pies de la santa y el ortodoxo en su mano derecha, signo de que ella daba la razón a quienes afirmaban que Jesucristo es Dios y hombre, sin distinción.

Regresando a la obra que nos ocupa, la imagen que se venera en Sigüeiro fue regalada en 1917 por el abogado compostelano Prudencio Fernández Leis, que la encargó al escultor José Rivas Rodríguez, cuya talla habla perfectamente de las características del autor. Fue venerada por primera vez en aquel 16 de septiembre, recién construida la iglesia parroquial. La inspiración está en la imagen de Santa Susana que hizo Aniceto Marinas a principios de siglo.

La Santa viste a la moda «romana», con una túnica amplia, de largos pliegues, y una capa roja que cae desde los hombros y se amolda a la forma del traje anterior. Mientras con una mano sujeta un ramo de lirios envueltos en una palma, signo de su virginidad y de su condición martirial, se abraza a un leño y porta en su mano derecha un cuchillo. A sus pies, un león le rinde pleitesía, mientras ella, con un gesto totalmente místico, eleva su mirada al cielo. Como en cualquier obra de Rivas, vemos características como el rostro redondeado y los ojos grandes, la boca pequeña y una estructura corporal sólida y robusta. A este escultor puede también asignársele la autoría de las andas de la Santa.

Para engrandecer su devoción, fueron traídas de Macerata unas reliquias y de Tolentino un huesecillo de San Ramón Nonato, cuya imagen se halla en el retablo mayor. Estas se hallan encerradas hoy en un relicario de tipo neobarroco, en cuyo viril se hace ostensión de la teca con los dos fragmentos. Del mismo modo, aunque en un relicario más reciente, se halla un trozo ex ossibus de San Blas. Las reliquias de la Santa y de San Ramón fueron regaladas por el P. General de los Trinitarios de Madrid al párroco Severino Ramos y Sánchez Somoza.

Luis Ángel Bermúdez Fernández