Bajo el lema “Vida contemplativa: ¿Por quién eres?”, el prelado compostelano invita a reflexionar sobre el sentido profundo de la vocación monástica y contemplativa, subrayando que no puede entenderse desde criterios de utilidad o productividad, sino como una respuesta radical a Dios. “La vida contemplativa nace de Dios”, afirma el arzobispo, recordando que quienes viven en los monasterios testimonian con su existencia que “solo Dios basta”.
En la carta, dirigida a las comunidades contemplativas, mons. Prieto destaca el valor del silencio, la oración y la intercesión en una sociedad “marcada por la prisa, el ruido y la dispersión interior”. Asimismo, define los monasterios como “verdaderos corazones orantes” que sostienen espiritualmente la misión de la Iglesia y acompañan las heridas del mundo actual.
El arzobispo también subraya la dimensión social y profética de la vida contemplativa, señalando que desde la clausura se abrazan las preocupaciones de la humanidad: las guerras, la pobreza, la soledad o las crisis familiares. A su juicio, las comunidades contemplativas representan además un signo de fraternidad y comunión en medio de una cultura marcada por el individualismo.
La carta concluye con un llamamiento a toda la comunidad diocesana para cuidar y sostener las vocaciones contemplativas, especialmente entre los jóvenes, y expresa su gratitud a quienes mantienen viva, en medio del mundo, la primacía de Dios desde la fidelidad silenciosa de la oración.
——————–
Vida Contemplativa: ¿Por quién eres?
A cuantos en nuestra Iglesia profesáis la vida contemplativa
Hermanas y hermanos muy queridos en el Señor:
En la solemnidad de la Santísima Trinidad la Iglesia en España, madre gozosa y agradecida por sus hijas e hijos entregados a la vida contemplativa, celebra la Jornada Pro Orantibus. Esta Jornada nos invita cada año a dirigir la mirada y el corazón hacia las comunidades contemplativas presentes en nuestra diócesis de Santiago de Compostela. Es una ocasión de gracia para agradecer el don de quienes han consagrado su vida a la oración, la alabanza y la intercesión silenciosa por la Iglesia y por el mundo.
El lema de este año, «Vida contemplativa, ¿por quién eres?», nos sitúa ante una pregunta esencial. No se trata de medir la vocación desde criterios de utilidad o eficacia, sino de volver al centro de toda existencia cristiana: descubrir por quién vivimos, esperamos y entregamos la vida.
La vida contemplativa nace de Dios
La vida contemplativa no surge de un proyecto meramente humano. Nace de una iniciativa divina: es respuesta a Dios que llama, atrae y consagra. Como recordaba recientemente el papa León XIV (Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las vocaciones, 16 de marzo de 2026), toda vocación es un proyecto de amor y felicidad. Así lo testimonian quienes, desde el silencio de los monasterios, buscan al Señor como el bien supremo de su existencia.
La tradición monástica resumió esta experiencia en la expresión quærere Deum, buscar a Dios. Esa búsqueda constituye el núcleo de la vida contemplativa y recuerda a toda la Iglesia que el corazón humano solo encuentra descanso en Dios, como escribió San Agustín de Hipona: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Las Confesiones I, 1, 1).
Una vida escondida y fecunda
En una sociedad marcada por la prisa, el ruido y la dispersión interior, vuestra vida —queridas hermanas y hermanos contemplativos— proclama silenciosamente que Dios basta. Vuestra existencia recuerda que el ser humano vale más por lo que es ante Dios que por lo que produce, y que el silencio puede convertirse en lugar de encuentro, escucha y esperanza. Por eso la vida contemplativa no pertenece únicamente a quienes la profesan. Es un don para toda la Iglesia y, de algún modo, para toda la humanidad.
Para la Iglesia
Por eso la vida contemplativa es un don para toda la Iglesia. Aunque vivida en la clausura, no está separada del mundo ni de sus sufrimientos. En la oración cotidiana de los monasterios son presentadas ante el Señor las alegrías y heridas de la humanidad, las necesidades de la Iglesia, las familias, los pobres, los enfermos y quienes han perdido la esperanza.
Toda acción evangelizadora necesita esta fuente interior. La Iglesia sabe que la misión nace de la oración y vuelve continuamente a ella. Por eso los monasterios son verdaderos corazones orantes de nuestras diócesis.
Para el mundo
La vida contemplativa es también para el mundo, incluso cuando el mundo no comprende plenamente su sentido. Desde el silencio de los claustros, desde la sencillez de la vida cotidiana, desde la fidelidad perseverante de la oración, los contemplativos sostienen misteriosamente la historia humana y abrazan el sufrimiento de nuestro tiempo: las guerras, las divisiones, las injusticias, el drama de los migrantes, la soledad de los ancianos, las heridas de las familias, la pobreza material y espiritual de tantos hombres y mujeres.
Y es también un signo profético para nuestro tiempo. En medio de una cultura frecuentemente marcada por el individualismo y la fragmentación, la fraternidad vivida en las comunidades contemplativas testimonia que la comunión es posible cuando Dios ocupa el centro de la vida.
Con gratitud y corresponsabilidad
Celebrar esta Jornada Pro Orantibus significa también renovar nuestra gratitud y corresponsabilidad. Gratitud hacia quienes sostienen silenciosamente la vida de la Iglesia desde la fidelidad cotidiana. Y corresponsabilidad para cuidar, acompañar y sostener esta vocación imprescindible, rezando especialmente por nuevas vocaciones contemplativas. Toda la comunidad diocesana está llamada a cuidar y sostener la vida contemplativa. Esto implica cercanía espiritual, apoyo fraterno, estima auténtica y oración por las vocaciones contemplativas.
Necesitamos que las nuevas generaciones puedan escuchar también esta llamada radical a buscar a Dios. Necesitamos ayudar a descubrir que la vocación contemplativa no es una renuncia estéril, sino una forma luminosa de plenitud evangélica. Invito especialmente a nuestras parroquias, movimientos, seminarios y familias cristianas a cultivar una relación más cercana con los monasterios de nuestra diócesis. Allí encontramos no solo lugares de oración, sino verdaderas escuelas espirituales para nuestro tiempo.
Queridas comunidades contemplativas: la diócesis os quiere y os necesita. Gracias por vuestra fidelidad vivida en el silencio, por vuestra oración perseverante y por mantener viva, en medio del mundo, la primacía de Dios. No dejéis de interceder por esta Iglesia diocesana de Santiago. Rezad por nuestras familias, por los jóvenes, por los sacerdotes, por las vocaciones, por los pobres y por cuantos viven alejados de la fe.
Pedimos que la Virgen María, mujer del silencio y de la escucha, acompañe vuestro camino y sostenga vuestra alegría, y que, por su maternal intercesión, todos alcancemos a vivir con mirada contemplativa y a descubrir que toda verdadera esperanza y toda fecundidad apostólica nacen de la unión con Cristo.
En la comunión del Dios Uno y Trino, os envío un cordial saludo con mi bendición.
Francisco José Prieto Fernández
Arzobispo de Santiago de Compostela






