Como lluvia que empapa la tierra

Apoteósico. Triunfal. Grandioso. Conmovedor. Son adjetivos que brotan de la prensa compostelana a principios de diciembre de 1949. El domingo día 11 don Fernando Quiroga Palacios hacía su entrada en la ciudad, en medio de una acogida sonora como el viento que soplaba durante esa jornada, incesante como la lluvia que regaba casas y rúas, pero ni fría ni desapacible ni hosca.

Nacido en Maceda (Ourense) en 1900, cursó los estudios eclesiásticos en el seminario ourensano hasta 1922, año en que fue ordenado sacerdote, y posteriormente se doctoró en Teología en la Universidad Pontificia Compostelana el 16 de junio de 1925 [El Compostelano (17-06-1925)]. Nombrado obispo de Mondoñedo en 1946, poco duró en tierras mindonienses para desolación de estas, ya que fue promovido el 4 de junio de 1949 para la sede jacobea, de la que tomó posesión “por representación” en la persona del deán compostelano Salustiano Portela Pazos el 4 de diciembre de ese año [El Correo Gallego (06-12-1949)], la última vez que esa ceremonia se realizó por poderes, con intención de entrar en la ciudad una semana después.

Bajo un enorme aguacero y despedido cariñosamente por sus hasta entonces fieles, salió de Mondoñedo para Lugo el sábado día 10 y nombrado allí hijo predilecto de la provincia por parte de la Diputación. Al siguiente día partió de la capital en el coche del gobernador civil lucense para llegar a Melide, donde fue obsequiado por el cabildo compostelano en el convento de los Padres Pasionistas. Tras la comida, ahora en el automóvil oficial del gobernador civil coruñés, se dirigió a Labacolla para ser cumplimentado por autoridades civiles y militares a partir de las cuatro y media de la tarde. Luego de tres cuartos de hora de animado recibimiento, tomó el coche oficial del alcalde de Santiago y entró en la ciudad por san Lázaro, siendo saludado por numeroso público estacionado y bombas de palenque. Descendió por la rúa de san Pedro y atravesó Virxe da Cerca hasta llegar al convento de las Madres Mercedarias, donde se revistió con los ornamentos pontificales y se inició la solemne procesión bajo palio a las seis y cuarto: Fonte de Santo Antonio, Orfas, Toural, Rúa do Vilar, Fonseca, Obradoiro hasta la catedral fueron testigos de los alegres y multitudinarios vítores, a uno y otro lado de las calles, desde engalanadas ventanas y balcones, que un mar de paraguas ofrecía a su nuevo pastor, con el repique de campanas como música de fondo [El Correo Gallego (13-12-1949)].

Delante del Pórtico de la Gloria se había levantado un pequeño altar portátil en el que se encontraba el Lignum Crucis y un pergamino miniado sobre el que el nuevo Arzobispo prestó el juramento de guardar las constituciones y las costumbres de la Iglesia. Ante un abarrotado templo un paternal, conmovedor saludo y bendición ganó el afecto de sus diocesanos:

“Mi emoción es grande ante este magnífico espectáculo; […] más que a vosotros dejadme ahora que diga: Señor, mira cómo te aman a ti estos hijos tuyos, porque todos los hosannas y todos los aplausos y todos los vítores que hoy han estremecido bajo las piedras de esta ilustre ciudad yo bien sé que son para ti, Señor, porque eran dirigidos de manera inmediata al que te representa, pero allá, en lo profundo del corazón de todos estos hijos tuyos, estabas tú, Señor, como término, como objeto final de este homenaje tan apoteósico” [La Noche (12-12-1949)].

Buena muestra de cómo era el futuro cardenal, se sirvieron ese día 1700 comidas en la Cocina Económica por expreso deseo suyo. Y también participaron de estas atenciones caritativas las personas recluidas “en la cárcel de Partido” y los ancianos de los asilos.

Aún seminarista, el propio Quiroga Palacios había escrito en 1922 una poesía dirigida a su obispo ourensano, Florencio Cerviño [La Región (29-04-1922)], como bienvenida al inicio de su pontificado, una de cuyas estrofas decía: “Yo soñaba que estando en la iglesia,/ de penumbra y silencio rodeado,/ al Señor de los cielos pedía,/ un santo Prelado,/ que fuese un gallego,/ que fuese muy sabio,/ que en la luz de sus ojos se viese/ la luz de lo Alto”.

Bien se podrían entender estas rimas como profecía cumplida, años más tarde, en el mismo autor, el obispo que llegó con lluvia, el que llegó como lluvia que, de lo alto, empapa la tierra y la vuelve fecunda.

 

Anxo Pazos.
Artículo publicado en El Correo Gallego