«Corremos el riesgo de tirar al niño con el agua sucia»  

Esta mañana, al salir de casa, como de costumbre arrancaba el coche y con él la radio. Mi atención se concentró al escuchar con cierta perplejidad la respuesta de la que intuí sería una de las líderes del movimiento estudiantil gallego que estaba siendo entrevistada con motivo de la huelga de estudiantes convocada para el 27 de abril. El periodista, además de sobre otras cuestiones, le demandó su posición sobre el tema de «la asignatura de Religión en la escuela». Sin poder reproducir exacta y literalmente la respuesta de la susodicha, aproximadamente vino a decir que reivindicaban sacar la religión de la escuela porque en ella se «adoctrinaba». Y remataba su respuesta diciendo –esta expresión sí es literal– «porque básicamente no sirve para nada.»

Sin ánimo de polemizar y menos aún de tratar de entrometerme en las posiciones ideológicas de la plataforma estudiantil que representa –que no las conozco– y cuyos postulados, pretensiones o demandas, más allá de que los comparta o no, los respeto enormemente como no puede ser de otra manera. No obstante, sí quisiera referirme a una cuestión implícita en ese debate, en el que suelen mezclarse demasiadas aristas y que es fundamental disociar para no llevarnos a error, como a continuación trataré de exponer.

Pero antes de entrar en harina quisiera, en primer lugar, decirle a mi compañera interlocutora –a la que huelga decir que admiro por su compromiso ciudadano y su implicación en la acción social y educativa de nuestra sociedad– que yo estuve once años de mi vida impartiendo la asignatura de Religión y nunca adoctriné a mis alumn@s, al menos conscientemente. Y como yo, conozco a muchas personas, como mínimo igual de preparadas que sus compañeros de otras materias, que aportan un plus de humanidad a los centros donde competentemente trabajan y se ganan honradamente el pan de cada día. Puedo asegurar que son los primeros interesados en que, de una vez por todas, se deje de sospechar de su labor educativa y se busque la forma en la que realmente se les iguale a los requisitos para poder entrar a formar parte en el cuerpo de maestros –primaria o secundaria– con los mismos deberes y derechos que el resto de sus compañeros, es decir que puedan disponer de un concurso-oposición para acceder a las plazas públicas que ofrezca cada Comunidad Autónoma.

Y llegados a este punto, permíteme hacerte una invitación: no estaría de más que en vuestras demandas y peticiones, además de pretender eliminar la educación religiosa y espiritual de la Escuela, considerarais otras propuestas, que os preocuparais de pensar seriamente, con serenidad y hondura, esto es sin prejuicios anticlericales –porque la religión y la espiritualidad es un patrimonio de la Humanidad–, si la única solución es la que se encierra en tu alegre afirmación, pues déjame que te diga con todo el respeto que soy capaz que, quizá, corremos el riesgo de «tirar al niño con el agua sucia». Es lo que voy a tratar de exponer a continuación, y el verdadero motivo por el que me he animado a escribir en respuesta a tus palabras.

De todo lo anterior no hagas mucho caso, me temo que esto es una cuestión que desborda nuestras competencias, las mías desde luego, sí. Y también los límites que pretendo con este escrito. Ciertamente,  ni soy experto ni tengo una posición clara y meditada al respecto, y fíjate creo que podría estar de acuerdo contigo en que quizá habría que revisar el curriculum de la asignatura y buscar, de manera interdisciplinar, la manera de poder encajar en la escuela pública el estudio del fenómeno religioso. En cualquier caso, paso a exponerte el tema que verdaderamente aquí me preocupa.

Querida interlocutora, me preocupa que se pierda la necesidad de pensar a Dios no solo en la Escuela sino también en la Universidad. Hasta tal punto es decisivo pensar a Dios, que en ello nos va todo, desde luego una vida digna de seres humanos.  Otra inferior, a mí, por lo menos, no me interesa y creo que a ti tampoco. Pues rebaja y contradice nuestro ser. No lo digo yo, lo dice un tal Ortega y Gasset, muy poco sospechoso de defender la religión confesional en la Escuela: «El corazón del hombre no tolera el vacío de lo excelente y lo supremo».[1] El hombre es hombre en la medida en que se pregunta por las realidades supremas, simbolizadas finalmente en Dios, y trata de responder teórica y prácticamente, nocional y existencialmente. Dicho de modo negativo, en la medida en que no lo hace, regresa hacia el nivel óntico subhumano.

Está en juego, pues, la misma condición humana, la afirmación o la renuncia a ella, según sea verdad o no que vivimos por y para algo, que hay un principio último y una razón de todo en vez del simple absurdo. No me mal interpretes, no estoy afirmando ni negando nada, pero es necesario tener ese espacio para poder, al menos, pensarlo y debatirlo en la Escuela y en la Universidad. Nuestra propia condición nos exige repensar a Dios, redecirlo, nombrarlo de nuevas maneras, reinventarlo, redescubrirlo, explicitarlo en la línea unamuniana de crear lo invisible por necesidad vital, para que la existencia posea sensatez. Por eso permíteme que te diga que no se puede poner al mismo nivel el discurso sobre las hadas, los duendes, los centauros y Dios. El tema de Dios no es un tema entre otros, sustituible por otro de más o menos valor, sino es el tema supremo, en el que el hombre se ve implicado y cuestionado en su misma raíz, y ello sencillamente porque toca la realidad fundante y sustentante, la que le concierne radical e incondicionalmente, aunque no lo sepa o no lo admita, es la que contesta a su pregunta global. La pregunta por Dios –tematízalo o llámalo como quieras– es la pregunta por el sentido último de la existencia y de ahí que sea tan necesaria hoy en el mundo educativo. Dios entonces no solo da que pensar, sino que es la instancia última que siempre está retando a nuestro pensamiento, a ir más allá. No hay –por todo lo que te acabo de exponer– otra realidad que reclame y exija tanto ser pensada, que valga tanto la pena pensar como la de Dios. Estoy convencido –como nos diría Aristóteles (muy poco sospechoso también) hoy–  de que «un conocimiento mínimo de las realidades altísimas es mucho más deseable que un conocimiento súper cierto de realidades bajísimas».

Es esto de lo que yo trataba de hablar a mis alumnos en mis clases de religión, de que vale incalculablemente más para las ansias más hondas de nuestra persona la mínima luz que de ahí podamos sacar o recibir que todos los otros descubrimientos exactos y exhaustivos sobre los entes categoriales. Sin quitar importancia, desde luego, a esto último, bien sabes lo que quiero decir. Quizá el problema sea que hoy no tenemos ansias más hondas que tener un buen móvil, los máximos likes posibles en mis publicaciones y disfrutar de las pequeñas cosas, porque pensamos que no las hay mayores. Y vaya sí las hay. Por todo ello, con cariño te digo que semejante convicción es el mejor antídoto frente a la tentación de abandonar a Dios de las escuelas y las universidades. Porque corremos el riesgo de tirar al niño con el agua sucia.

Mario A. Pérez Moya

 

[1] J. Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, en Obras completas, I, Revista de Occidente, Madrid, 1966, 771.